Hay una imagen que condensa el estado del mundo esta semana: la de un estrecho, Ormuz, por el que ya no pasa casi nada. Menos de veinte buques mercantes lo cruzaron durante el fin de semana 3. Un quinto del petróleo mundial solía transitar por allí; hoy es un símbolo de lo que la política puede estrangular. No es una metáfora: es la consecuencia directa de una amenaza mutua entre Washington y Teherán, donde cada parte dice que responderá con dureza a la provocación de la otra 13. El rial se devalúa, la economía iraní se asfixia, y el mundo observa cómo un punto en el mapa se convierte en el termómetro de una confrontación que nadie parece querer, pero que todos alimentan.
La misma lógica de destrucción y respuesta se reproduce en otros escenarios, como si el planeta hubiera aprendido un solo idioma. En Kryvyi Rih, un centro comercial fue atacado en dos oleadas de drones rusos; la segunda impactó media hora después de la primera, cuando los rescatistas ya trabajaban entre los escombros 4. Dieciséis muertos, más de 130 heridos. El presidente Zelensky lo llamó "absolutamente cínico y despreciable" 4. Al otro lado de la línea del frente, Ucrania golpea almacenes de Ozon en territorio ruso, y en Krasnodar han muerto al menos dos niños 5. Cada bando cuenta sus muertos con la misma moneda de justificación. La guerra, como siempre, se convierte en una contabilidad macabra donde el número de víctimas civiles es un dato, no un límite.
En Gaza, el alto el fuego de octubre de 2025 sigue formalmente en pie, pero los misiles israelíes mataron a cuatro personas, incluidos dos niños, en el campamento de refugiados de Bureij 6. Una delegación estadounidense había pedido hacía una semana que se redujeran los ataques 6. La petición fue ignorada. En Cisjordania, la violencia de los colonos se ha cobrado 87 vidas palestinas este año en cerca de 1.500 ataques 9, mientras el gobierno avanza con el proyecto E1, que haría inviable cualquier solución de dos estados 9. La diplomacia, cuando existe, parece un telón de fondo para que los actores sigan actuando su guion.
La semana también deja ver cómo el poder se mueve en silencio. El director de la CIA, John Ratcliffe, visitó Moscú por sorpresa, el primer viaje de un jefe de inteligencia estadounidense a Rusia en casi cinco años 10. El Kremlin negó que se reuniera con Putin y habló de "contactos entre servicios de inteligencia" 10. No sabemos qué se dijo. Pero el simple hecho de que ocurra revela que los canales oficiales de la diplomacia están tan rotos que los espías tienen que hacer de mensajeros.
Y mientras las grandes potencias juegan al ajedrez, hay lugares donde el tablero se ha incendiado. En Haití, la banda de Didi (Izo 2) mató a 47 personas en Kenscoff, 22 de ellas ejecutadas dentro de una iglesia, y mantiene a más de 50 secuestrados 11. El primer ministro promete restaurar la autoridad 11, pero la promesa suena hueca cuando el Estado no controla su territorio. En Cuba, la Unión Eléctrica proyecta que hasta el 70% de la isla estará sin luz en las horas pico 8. En Ceuta, la playa de El Trampolín sigue siendo un campamento que la policía desaloja y los migrantes reocupan, una y otra vez 12.
Hay una tentación de leer estas historias como eventos aislados. No lo son. Todas comparten una misma estructura: la distancia entre la retórica del poder y la realidad que produce. Desde Ormuz hasta Kenscoff, desde Kryvyi Rih hasta La Habana, los gobernantes hablan de control, de respuesta, de autoridad. Pero lo que vemos es fragilidad: economías que se rompen, cuerpos que caen, promesas que se desvanecen.
La pregunta que queda, la que importa, no es quién ganará esta partida. Es si alguien recuerda todavía qué se suponía que estábamos jugando.
