Esta semana no hubo un solo terremoto político, sino varios, y todos apuntan en la misma dirección: los líderes están acelerando su ruptura con los contrapesos institucionales. El dato más reciente —y el más revelador— es el proyecto de reforma constitucional del presidente electo colombiano Abelardo de la Espriella para convertir a Barranquilla en capital alterna, respaldado por un paquete de 90 decretos que evitan al Congreso 1. No es un gesto simbólico: es la primera pieza de un plan de gobierno por decreto, y su viabilidad jurídica es incierta. La misma lógica opera en cascada desde Washington hasta Brasilia.
En Estados Unidos, Donald Trump impuso aranceles del 10% al 12,5% a 60 economías usando la Sección 301 de la Ley de Comercio de 1974, un recurso que reemplaza un arancel global temporal que había vencido tras un fallo del Tribunal Supremo 24. La medida se ampara en la lucha contra el trabajo forzoso, pero el verdadero motor es la política arancelaria como herramienta ejecutiva sin control legislativo. La administración Trump ha hecho de la unilateralidad comercial un hábito, y la nueva ronda de aranceles —que ya enfrenta litigios— confirma que el presidente está dispuesto a tensionar al máximo los límites legales mientras prepara su siguiente movimiento.
En Brasil, Flávio Bolsonaro oficializó su candidatura presidencial reivindicando el legado de su padre, Jair Bolsonaro, en prisión domiciliaria por intento de golpe 6. El acto contó con el respaldo del argentino Javier Milei. La estrategia es clara: heredar una base movilizada y convertir la victimización judicial en capital electoral. Pero el cálculo interno del PL es más tenso de lo que parece público: Flávio debe demostrar que puede despegar sin el carisma paterno y frente a un establishment que ve con recelo el bolsonarismo sin Bolsonaro.
Mientras tanto, la salida de Venezuela de la Corte Penal Internacional, celebrada por Washington, refuerza una dinámica de bloques donde las instituciones multilaterales pierden eficacia frente a decisiones unilaterales 12. La acusación de “sesgo geográfico” contra el Sur Global es un argumento que ya no sorprende, pero que sirve de coartada para desmantelar compromisos previos.