El 22 de agosto, en Pekín, un robot humanoide llamado Tiangong Ultra cruzó la línea de meta de los 100 metros en 9.39 segundos, superando el récord de Usain Bolt 6. Dos días después, en la misma competición, otra versión del mismo robot marcó 8.64 segundos 3. La hazaña es real y verificable, pero la pregunta que debería abrir no es cuánto corre la máquina, sino quién paga el circuito donde entrena.
La respuesta está en los balances. Unitree, la firma china de robótica, debutó esta semana en la bolsa de Shanghái con una subida del 460% y una valoración cercana a los 43.700 millones de dólares 7. Esa cifra no sale del aire: sale de la expectativa de que los robots industriales y domésticos sustituyan trabajo humano a escala. Y esa expectativa ya tiene precio en los salarios. Un análisis de Apollo sobre 321 ocupaciones muestra que los salarios en roles expuestos a la IA crecieron 6.7 puntos porcentuales más lento después de 2023, con una brecha que alcanza el 10.7% en el cuartil más bajo 1. El empleo no cayó de forma significativa; simplemente se congeló en la base de la pirámide.
Bill Gates, en un ensayo de 6.000 palabras, ha pedido crear instituciones nuevas, gravar a los robots y reservar empleos para humanos 211. Es una declaración notable viniendo de quien ayudó a construir la infraestructura de esta transición, pero también es una admisión: el mercado no está corrigiendo solo. Mientras tanto, la infraestructura física avanza a otra escala. SpaceX planea un puerto espacial de 100.000 millones de dólares en Luisiana para lanzamientos masivos de Starship 5, y Apple prepara su evento del 9 de septiembre con un iPhone plegable y un nuevo CEO, John Ternus, para capitalizar la demanda de IA en el dispositivo 89. La carrera no se detiene: se acelera.
El coste de esa aceleración ya se ve en los estantes. La escasez de memoria RAM, impulsada por la demanda de IA, ha disparado el precio de un kit de 32GB DDR5 de 72 a 392 dólares en un año, y las GPUs rondan 2.5 veces su precio de lanzamiento 10. Ese incremento no lo paga el centro de datos: lo paga el consumidor que quiere actualizar su equipo, o el pequeño estudio que necesita cómputo local. La cadena es clara: capital para infraestructura, presión sobre salarios, inflación en componentes, y beneficios concentrados en unas pocas empresas.
Consultada sobre el impacto de sus productos en el empleo, Apple no ha respondido a las preguntas de este medio. Las cifras de Apollo son un análisis estadístico, no una medición directa del desempleo, y los datos de Unitree reflejan expectativas de mercado, no resultados operativos. Lo que sí es verificable es la dirección: las máquinas corren más rápido, los chips son más caros, y los salarios de quienes compiten con ellas crecen más lento.
La pregunta que queda sobre la mesa no es si la IA será útil o peligrosa. Es si las instituciones que Gates pide crear llegarán antes de que la brecha salarial del 10.7% se convierta en una fractura social. El récord de Tiangong Ultra es impresionante; la factura de esa carrera, sin embargo, aún no tiene destinatario claro. Y el tiempo corre.
