Durante siglos, los astrónomos han mirado al cielo buscando respuestas sobre nuestros orígenes. Esta semana, dos descubrimientos separados por 1.200 años y un océano nos recuerdan que la ciencia siempre ha sido, ante todo, un acto humano — aunque a veces olvidemos el nombre de quien lo ejecuta.
En una nube molecular cerca del centro de la Vía Láctea, un equipo de astrónomos ha detectado por primera vez una molécula de azúcar llamada eritrulosa flotando libremente en el espacio interestelar 13. La eritrulosa es un azúcar de cuatro carbonos que aparece naturalmente en las frambuesas y se usa en productos autobronceadores. El hallazgo, publicado en Nature Astronomy, se realizó con radiotelescopios en España, apuntando a la nube G+0.693−0.027 3. La detección de este bloque molecular en el espacio refuerza la hipótesis de que los ingredientes esenciales para la vida podrían ser comunes en toda la galaxia.
Pero la noticia más conmovedora de la jornada no proviene de un telescopio, sino de una pared de estuco en Xultún, Guatemala. Allí, investigadores han identificado por primera vez el nombre de un astrónomo-matemático maya clásico, activo en el siglo VIII 4. El nombre, grabado en una inscripción de nueve glifos bautizada como "Texto 19", se interpreta como Sak Tahn Waax (Zorro de Pecho Blanco) o Zactan B'aan. Es la primera vez que se identifica nominalmente a un científico de esa civilización.
El contraste es revelador. Hoy podemos nombrar a cada miembro del equipo que detectó la eritrulosa; sabemos sus afiliaciones institucionales, sus métodos, sus fuentes de financiamiento. De Sak Tahn Waax apenas sabemos su nombre y que, hace doce siglos, registró un cómputo astronómico en un muro. No sabemos si fue respetado, si tuvo discípulos, si murió en paz. Su legado es un puñado de glifos que sobrevivieron al colapso de su civilización.
Mientras tanto, en el presente, el mercado del conocimiento sigue su curso. Un esqueleto de llamado , descubierto en 2021 en Dakota del Sur y completo en un 61% por conteo de huesos, podría alcanzar hasta 30 millones de dólares en una subasta de Sotheby's este mismo día . La pieza, de 67 millones de años de antigüedad, podría convertirse en el fósil más caro jamás vendido. No hay ironía fácil aquí: el capitalismo no distingue entre un dinosaurio y un cuadro de Basquiat.