El termómetro no entiende de política, pero la política empieza a entender el termómetro. Mientras Francia registra más de mil muertes en junio y sus ciudadanos se pelean por ventiladores en supermercados 1, el Reino Unido encadena su tercera ola de calor del año con máximas históricas desde 1884 4 y Galicia alcanza 42,3 grados en Ribas de Sil 5. No son episodios aislados: son la textura de un verano que la NOAA proyecta como el preludio de un fenómeno oceánico sin precedentes, con hasta el 40% de la superficie marina bajo estrés térmico 2. La crisis climática ha dejado de ser una advertencia para convertirse en el escenario donde se toman —o se eluden— las decisiones.
En ese contexto, la respuesta institucional oscila entre la adaptación forzosa y la resistencia simbólica. El Salvador despliega drones y semillas mejoradas para mitigar el impacto de El Niño sobre sus cultivos 9, mientras México invierte 11.200 millones de pesos en infraestructura hidráulica para contener inundaciones en el oriente del Valle de México 8. Son gestos de realismo: no se puede negociar con la atmósfera. Pero también hay decisiones que sí se negocian, y ahí el margen es más amplio de lo que parece.
Colombia acaba de descartar el control letal de los hipopótamos de Pablo Escobar 7, una postura que incomoda a quienes exigen soluciones drásticas, pero que reconoce la complejidad ecológica y ética del problema. En la misma línea, el Ayuntamiento de Carboneras ha anulado la licencia del hotel de El Algarrobico 3, un paso que parecía imposible tras dos décadas de litigios. No es demolición todavía, pero es la primera vez que la maquinaria administrativa se mueve en la dirección correcta. Y en Texas, donde un brote de gusano barrenador reabre viejas heridas sanitarias , la respuesta no ha sido el pánico sino la capacitación gratuita de inspectores ganaderos.