El 17 de julio de 2026, la UNAM publicó los resultados de su concurso de selección para 50,113 nuevos estudiantes 1. Es una cifra que suena a celebración: 1,454 lugares más que el ciclo anterior. Pero para quienes no aparecen en esa lista —y son muchos más de los que sí—, la noticia es otra: la puerta de entrada a la universidad pública más grande del país sigue siendo angosta, y el sistema que debería ensancharla opera con reglas que pocos entienden.
De los admitidos, 21,962 ingresaron por examen de selección y 28,151 por Pase Reglamentado 1. Este último es un mecanismo que premia a quienes cursaron la preparatoria en la propia UNAM. Es eficiente para la institución, pero levanta una pregunta incómoda: ¿cuántos estudiantes de bachilleratos públicos o privados ajenos a la UNAM quedan fuera simplemente porque su trayectoria previa no encaja en ese carril preferente? La estadística no lo dice, pero la inferencia es clara: el acceso no depende solo del mérito individual, sino de haber estado en el lugar correcto desde la secundaria.
Mientras tanto, en el Estado de México, la tensión estalló. La rectora de la UAEMéx, Martha Patricia Zarza Delgado, denunció que un grupo de encapuchados intentó tomar por la fuerza la rectoría mientras se desarrollaban mesas de diálogo sobre la gratuidad de las colegiaturas 5. La gratuidad no es un capricho: es una promesa de campaña y una demanda estudiantil legítima en un país donde el costo de la educación superior puede ser una barrera insalvable. Pero el método de la toma —o el intento de ella— revela una fractura: cuando los canales institucionales no dan respuestas rápidas, la protesta se vuelve la única vía que algunos estudiantes creen tener.
En República Dominicana, el nuevo rector de la UASD, Jorge Asjana David, asumió el cargo con el discurso de una universidad “más fuerte, más relevante, más inclusiva y más trascendente” 3. Son palabras que cualquier rector firmaría. Pero la inclusión no se decreta: se financia, se reglamenta y se mide. Sin datos sobre cuántos estudiantes de bajos ingresos logran realmente graduarse, la promesa queda en el aire.
El sistema de educación superior en América Latina enfrenta un dilema que estos tres eventos —UNAM, UAEMéx, UASD— iluminan desde distintos ángulos: cómo ampliar el acceso sin sacrificar calidad ni estabilidad institucional. La UNAM aumenta cupos, pero mantiene un mecanismo de admisión que favorece a quienes ya están dentro del ecosistema. La UAEMéx negocia gratuidad mientras resiste ocupaciones. La UASD estrena rector con promesas de inclusión, pero sin evidencia de cómo cumplirlas.
Para el estudiante que hoy revisa si su nombre está en la lista de la UNAM, la pregunta no es abstracta. Es si el sistema está diseñado para darle una oportunidad real o solo para administrar la escasez. La respuesta, por ahora, depende de dónde empezó su camino. Y eso, en un país que dice creer en la movilidad social, es una contradicción que ninguna cifra de admitidos puede ocultar.