Hubo una tarde, hace años, en un cine de barrio que ya no existe, donde la luz del proyector dibujaba sobre la pantalla una ciudad que tampoco existe. Esa doble ausencia —la sala y la ficción— es quizá la única certeza que nos queda: todo lo que amamos está en proceso de irse. Esta semana, la cultura hispanoamericana ha ofrecido un inventario de despedidas, y todas ellas comparten un mismo gesto: el de sostener algo que se desvanece mientras se decide qué hacer con sus restos.
Ediciones Era, casa mexicana de 66 años, anunció la suspensión de sus operaciones 8. No fue un colapso súbito, sino el resultado de un mercado del libro transformado y del derrumbe de la red de librerías que la sostenía. La noticia llegó el 18 de agosto y provocó un duelo colectivo en el mundo literario 8. No inventaré el nombre de un librero ni una escena de desolación; el dato verificado es suficiente: una editorial independiente, de las que formaron lectores, ya no publicará. La pregunta que queda flotando es qué significa para una comunidad perder no solo un catálogo, sino un criterio.
Ese mismo impulso de conservación atraviesa otras noticias. La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas busca a las 50 mejores salas del mundo, 25 estadounidenses y 25 internacionales, para celebrarlas como anclas comunitarias en la era del streaming 9. Es un gesto de canonización, pero también de reconocimiento: el cine como lugar físico, como experiencia compartida, necesita ser nombrado antes de que deje de ser evidente. En Cartagena, la reapertura del renovado Puerto Duro con el monumento restaurado a la India Catalina 10 se hizo de manera deliberadamente discreta, por solidaridad con las regiones afectadas por un sismo reciente 10. La discreción es también una forma de memoria: no todo acto de celebración debe ser ruidoso.
La música, por su parte, ofrece su propia dialéctica entre lo efímero y lo perdurable. Bad Bunny cerró su gira mundial con dos conciertos en Puerto Rico 3, un tour de 57 presentaciones en 20 países 3. La cifra es verificable, aunque las fuentes difieran en el número de ciudades 3; lo que importa es el gesto de retorno a la isla, el cierre del círculo. En Santo Domingo, Nadine Sierra y Xabier Anduaga ofrecieron una gala memorable acompañados por la Orquesta Sinfónica Nacional 7. Y en México, el Tren Maya lanzó su primer tren restaurante, Janal, entre Mérida e Izamal, donde la palabra maya para "comida" se convierte en experiencia cultural 11. Cada uno de estos eventos es una afirmación de presencia, un intento de fijar algo en el tiempo.
Pero hay despedidas que no son elegidas. Bunny Levine, actriz de carácter de La La Land y Gilmore Girls, murió a los 97 años en su casa de Tarzana, California 6. Su representante lo confirmó; la policía indicó que la muerte parecía de causas naturales 6. No fue una figura central, sino una de esas presencias laterales que sostienen el mundo de la ficción. Su muerte, como la de tantos actores de reparto, nos recuerda que el cine también se construye con vidas que no ocupan el centro.
Y luego está la disputa por el significado de la neutralidad. AVROTROS, la radiotelevisión pública neerlandesa, anunció que no participará en Eurovisión 2027, por segundo año consecutivo, al considerar que el evento "ya no puede considerarse neutral" por las divisiones en torno a la guerra en Gaza 24. La decisión es política, pero también cultural: un festival que se pretendía apolítico ha revelado que no puede serlo. La neutralidad, como la memoria, es una construcción frágil.
En las plazas de México, Argentina y Brasil, los jóvenes compiten en batallas de "farmear aura" 1, una jerga gamer convertida en performance callejera para demostrar carisma. Y en España, el verano ha estado marcado por la "caída de los influencers" 5, una fatiga colectiva ante la publicidad excesiva y los estilos de vida inalcanzables. Ambas tendencias son síntomas de lo mismo: una generación que negocia con la atención, que la busca y la rechaza casi al mismo tiempo.
Lo que une todas estas noticias es la pregunta por lo que permanece. Una editorial cierra, un monumento se restaura, un tren ofrece comida, un festival pierde a un participante, una actriz muere. No hay una sola narrativa que las contenga, pero sí un hilo: la cultura es el esfuerzo de dar forma a lo que se va. La memoria no es un archivo, sino una decisión continua sobre qué conservar y cómo.
La consecuencia que importa es esta: cada vez que algo desaparece —una editorial, una sala de cine, un festival, una vida—, lo que se pierde no es solo el objeto, sino la posibilidad de que otros lo encuentren. Y la pregunta que queda abierta, la que ningún titular puede responder, es si estamos construyendo suficientes espacios nuevos para que la próxima generación no tenga que depender de la nostalgia.
