La muerte no es una noticia, sino un género narrativo. Y hoy, en la sección de cultura, ese género se ha impuesto con una densidad inusual: cuatro despedidas —Sam Neill, Luis Goytisolo, Ascen López, Felisa Espinosa— que juntas forman un arco sobre cómo una sociedad elige recordar, y qué rostros elige para hacerlo.
Sam Neill, el paleontólogo de Jurassic Park, murió a los 78 años en Sídney 1. Su familia lo llamó "repentino e inesperado", aunque el actor había sobrevivido a un linfoma de células T. La ironía es brutal: Neill pasó sus últimos años siendo el hombre que escapó de la muerte en la pantalla y en la vida real, pero su muerte real, sin causa especificada, nos recuerda que el cuerpo no es un personaje. Su legado no es solo el dinosaurio, sino la forma en que su mirada —esa mezcla de asombro y escepticismo— encarnó la relación del público con la ciencia: fascinada, pero nunca ingenua.
Al mismo tiempo, en España, se apagaron dos voces muy distintas. Luis Goytisolo, el novelista y miembro de la RAE, murió a los 91 años 2. Era el menor de los tres hermanos Goytisolo, una dinastía literaria que marcó la narrativa española de posguerra. Su obra, menos celebrada que la de José Agustín o Juan, fue sin embargo la más experimental, la que trató de desmontar la novela desde dentro. Su muerte cierra un capítulo de la literatura española que ya no tiene herederos directos.
Ascen López, actriz de Muertos S.L. y Machos Alfa, falleció a los 69 años 5. Su caso es el más revelador: no era una estrella de cine, sino una actriz de reparto que encontró una segunda juventud en las series de streaming. Su rostro se hizo familiar para una generación que no la había visto en teatro ni en televisión analógica. Su muerte nos obliga a preguntarnos: ¿qué significa ser "conocido" en la era de la atención fragmentada? López no era famosa, era reconocible —una categoría más democrática y más frágil.
Y luego está Felisa Espinosa, la matriarca de Bodegas Emilio Moro, que murió a los 92 años 12. Su despedida no es literaria ni cinematográfica, sino material: el vino, el terruño, la familia que produce. Su muerte nos recuerda que la cultura no solo se escribe o se filma, se bebe.