La paradoja de esta semana es instructiva: los mercados suben mientras el estrecho que mueve el 20% del petróleo mundial sigue cerrado. El Ibex 35 supera los 20.000 puntos 11, el S&P 500 marca máximos históricos 5, y el peso mexicano toca su mejor nivel desde 2024 9. Todo ello con Brent en 87 dólares 12 y con Irán enfriando las esperanzas de una reapertura rápida 1. La lectura inmediata es que el optimismo geopolítico se impone; la lectura correcta es que la liquidez global ha encontrado una nueva narrativa que no depende del crudo.
Los ganadores de esta semana son evidentes: los activos de riesgo, los semiconductores y el dólar estadounidense. La inflación estadounidense al 3,4% 4 ha despejado el temor a una subida de tipos, y los mercados asiáticos, con el Nikkei subiendo 2,1% 2, han seguido la estela. Pero el movimiento más profundo no está en los índices, sino en la reconfiguración del capital hacia la inteligencia artificial. Nvidia y seis grandes firmas financieras han firmado memorandos para movilizar más de 500.000 millones de dólares en infraestructura de IA 6, mientras SK Hynix aprueba una inversión de 38.000 millones en nuevas fábricas de memoria 7. Esto no es un ciclo tecnológico más; es la conversión de la computación en una clase de activo bancable, con balance propio.
Los perdedores son menos visibles pero más estructurales. La intervención conjunta de EE.UU. y Japón para sostener el yen 3 revela la fragilidad de las monedas que dependen de importaciones energéticas en un entorno de estrechos cerrados. El yen se había hundido a 164 por dólar; la intervención lo llevó a 155. Es una victoria táctica que no resuelve el problema estratégico: Japón paga su energía en dólares y su competitividad en yenes. El mercado inmobiliario español ofrece otra contradicción: precios récord con compradores extranjeros al 15,98% de las transacciones 10, mientras las ventas totales caen 5,7% y los alquileres bajan por primera vez en cuatro años. El capital internacional compra activos; el residente local queda fuera.
Las instituciones explican estas divergencias. La Reserva Federal, con una inflación núcleo al 2,5% 4, tiene margen para no endurecer, lo que alimenta la liquidez global. Pero la política industrial estadounidense, canalizada a través de Nvidia y sus socios financieros, está creando un nuevo circuito de capital que elude los bancos centrales. La infraestructura de IA se financia con capital privado a largo plazo, no con deuda soberana. Es un cambio de régimen: el estado ya no es el único asignador de capital estratégico; las corporaciones tecnológicas y las gestoras de activos lo son.
Comparar modelos es instructivo. Corea del Sur, con SK Hynix, apuesta por la manufactura como ancla; EE.UU. apuesta por la financiarización de la tecnología; España, por el turismo residencial. Cada modelo tiene sus ganadores y sus costes. Pero el contraste más agudo es el de los mercados de predicción, que enfrentan demandas de Baltimore, investigaciones en Nueva York y disputas federales 8. Mientras el capital de riesgo se mueve hacia la IA, el capital especulativo en eventos políticos encuentra resistencia regulatoria. La frontera no está entre público y privado, sino entre lo que el estado tolera y lo que persigue.
La implicación estratégica es incómoda. Si el estrecho de Ormuz permanece cerrado, el petróleo subirá y la inflación volverá. Pero los mercados han aprendido a ignorar el riesgo geopolítico mientras haya una historia de crecimiento tecnológico que contar. La pregunta abierta es cuánto tiempo puede sostenerse esa desconexión. La decisión que importa no es si Irán reabre el estrecho, sino si el capital global puede mantener dos realidades paralelas: una donde la IA financia el futuro y otra donde la energía define el presente. El lector debe saber que esta semana los mercados han apostado por la primera, y que esa apuesta es, por ahora, una fe sin cobertura.
