Hay una imagen que condensa el estado del mundo esta semana: la de un centro comercial en Kryvyi Rih, golpeado por dos drones rusos con media hora de diferencia, mientras los equipos de rescate aún buscaban sobrevivientes entre los escombros de la primera explosión 1. No es solo la cifra —16 muertos, más de 130 heridos— lo que define el hecho, sino la deliberada segunda oleada, diseñada para matar a quienes acuden a ayudar. Esa precisión en la crueldad es también una forma de estrategia, y conviene leerla como tal.
La guerra en Ucrania ha entrado en una fase donde la violencia no busca tanto conquistar territorio como desgastar la voluntad de una sociedad. Los 791 drones lanzados por Ucrania sobre 15 regiones rusas en una sola noche 4 no son una respuesta simbólica: son la demostración de que la capacidad de daño ya no es un monopolio. Pero mientras ambos bandos intercambian golpes de largo alcance, los misiles rusos matan a 10 civiles en Járkov 4 y la infraestructura civil ucraniana se convierte en campo de batalla. La pregunta que flota sobre esta escalada no es quién gana la próxima batalla, sino qué queda de un país cuando su tejido urbano se convierte en objetivo.
Esa misma lógica de desgaste se reproduce en otros teatros. En el estrecho de Ormuz, el alto el fuego de 60 días entre Estados Unidos e Irán expiró el 17 de agosto sin acuerdo de seguimiento 23. El martes, un proyectil alcanzó un buque y causó daños y una baja entre la tripulación 3. El tráfico marítimo sigue siendo una fracción de los niveles previos a la guerra 2, y ambas partes se han atrincherado en posiciones que no admiten matices. La llegada del USS George Washington para relevar al USS Abraham Lincoln tras más de 250 días consecutivos en el mar 8 no es un gesto de fuerza: es la admisión de que la disuasión se ha convertido en una ocupación permanente, sin fecha de salida.
En Gaza, el alto el fuego de octubre de 2025 ha fracasado en su propósito más básico: proteger a los civiles. Más de 1.270 palestinos han muerto desde la tregua, incluidos 300 niños, según el Ministerio de Salud de Gaza y UNICEF 11. La cifra es un hecho verificado, pero su interpretación sigue siendo objeto de disputa política. Lo que no admite disputa es que la tregua no ha traído paz, y que los mediadores estadounidenses presionan sin resultados visibles 11. Mientras tanto, Israel avanza el plan de asentamiento E1, con una licitación para más de 1.200 viviendas que, según críticos, partiría Cisjordania en dos 10. La violencia de los colonos se intensifica 10, y el ciclo parece no tener fin.
Hay crisis que se miden en muertes y crisis que se miden en ausencias. Cuba pierde población a un ritmo que no se veía en décadas: de más de 11 millones en 2012 a unos 8 millones estimados 9. Los apagones de hasta 20 horas diarias en La Habana 9 no son un problema técnico; son la expresión material de un Estado que ya no puede sostener sus promesas. Y en Ceuta, más de 72.000 personas cruzaron desde Marruecos el 30 de julio, con al menos 90 muertos 6. Semanas después, miles siguen en campamentos improvisados en playas y calles 6. La frontera sur de Europa no es una línea: es una herida abierta.
Lo que une estos escenarios no es una causa común, sino una consecuencia compartida: la erosión de la capacidad de los Estados para proteger a sus ciudadanos y gestionar el conflicto. En cada caso, la violencia no es un accidente del sistema; es su producto. Y cuando el sistema falla, las decisiones individuales —cruzar un mar, quedarse en una ciudad sin luz, lanzar un dron— se convierten en actos con consecuencias que superan con creces la intención de quien los toma.
La pregunta que queda para el lector no es cuál de estas crisis es más grave. Es si la comunidad internacional, atrapada en la lógica de la disuasión y la represalia, tiene alguna herramienta que no sea la gestión del desastre. La evidencia de esta semana sugiere que no. Y esa es, quizá, la consecuencia más duradera de todas: no la batalla que se libra, sino la incapacidad de imaginar un final que no pase por más muertos.
