La noche del jueves, en un edificio de apartamentos en el distrito de Solomianskyi, en Kiev, los vecinos despertaron no por el sonido de las sirenas, sino por la vibración del suelo. Los rescatistas tardaron horas en sacar los cuerpos de entre los escombros. Al menos 17 personas murieron en la capital y sus alrededores, en uno de los ataques aéreos más intensos desde el inicio de la invasión rusa 1. Pero lo que distingue a esta madrugada no es solo la cifra, sino su trayectoria: los proyectiles no se detuvieron en la frontera ucraniana. Un dron naval cargado de explosivos fue destruido cerca de una plataforma marítima en Rumania y Moldavia 1. La guerra, que durante años se narró como un conflicto contenido en el este de Europa, ya no reconoce límites cartográficos.
A miles de kilómetros, en el estrecho de Ormuz, la misma lógica se reproduce con otra geografía. Un proyectil de origen desconocido impactó un buque en tránsito, dejando al menos un tripulante herido o muerto, según la UKMTO 2. El incidente ocurrió un día después de que expirara el alto el fuego de 60 días entre Estados Unidos e Irán, sin un acuerdo de seguimiento 3. Las posiciones se endurecen, y el agua —ese corredor por el que circula una quinta parte del petróleo mundial— vuelve a ser un campo de batalla flotante.
Lo que conecta estos dos escenarios no es la causa, sino la consecuencia: la diplomacia, cuando falla, no produce un vacío. Produce escombros. En Ucrania, la respuesta no se hizo esperar: 791 drones ucranianos sobrevolaron 15 regiones rusas en el segundo ataque masivo en tres días, mientras un misil ruso mataba a 10 civiles en Járkov 4. Cada cifra es una familia, cada número una interrupción de la vida cotidiana que los informes oficiales convierten en estadística.
La historia reciente ofrece contexto, no consuelo. En Gaza, más de 300 días después del alto el fuego de octubre de 2025, Israel ha matado a más de 1.270 palestinos, incluidos 300 niños, según el Ministerio de Salud de Gaza y UNICEF 12. Mientras tanto, el avance del plan de asentamiento E1, con más de 1.200 viviendas licitadas cerca de Jerusalén, amenaza con dividir Cisjordania y socavar cualquier solución de dos Estados 11. En Afganistán, los talibanes celebran cinco años de poder mientras solo el 5,1% de la fuerza laboral femenina permanece activa, la segunda tasa más baja del mundo 7.
En este panorama, los civiles no son meras víctimas pasivas. Son agentes que negocian su supervivencia: las mujeres y menores no acompañados en Ceuta enfrentan riesgos agudos de abuso mientras la UE respalda las devoluciones 6; los migrantes en el estrecho de Ormuz dependen de la guardia costera de Omán para su rescate 2. Cada uno de ellos ejerce una forma de agencia: la de resistir, la de huir, la de testimoniar.
La pregunta que queda para el lector no es cuándo terminarán estas guerras, sino qué política las sostiene. El relevo del portaaviones USS Abraham Lincoln, tras más de 250 días en el mar con denuncias de deterioro de salud mental de su tripulación, por el USS George Washington 89, no es un cambio de guardia: es la confirmación de que la maquinaria militar se perpetúa a sí misma. Mientras los líderes endurecen sus posiciones, los cuerpos se acumulan en Kiev, en Ormuz, en Gaza, en Járkov. La guerra ya no respeta fronteras; la diplomacia, tampoco debería. Pero hoy, la única certeza es que el costo humano de la política no resuelta se paga en moneda de dolor, y la factura sigue creciendo.
