La guerra tiene una lógica perversa: cuanto más se extiende, más se parece a un solo organismo. Hoy, los mapas de conflicto que van del Golfo Pérsico al Mediterráneo oriental no son teatros separados sino síntomas de un mismo sistema que se alimenta de su propia inestabilidad. La declaración de Donald Trump de que el estrecho de Ormuz será "territorio de los Estados Unidos" 1 no es una anécdota de campaña ni un arrebato retórico: es la formalización de una doctrina que ya lleva seis meses de guerra contra Irán 2. Cuando un presidente habla de anexionar un estrecho internacional, no describe una victoria: describe el agotamiento de las alternativas.
La distancia entre la afirmación y el terreno es el primer dato verificable. Washington insiste en que tiene "control total" del estrecho; Teherán lo niega con la misma firmeza 2. Pero la evidencia del último mes sugiere que el control es una categoría jurídica que la realidad se encarga de desmentir. En el Bab al-Mandeb, a más de dos mil kilómetros de Ormuz, los hutíes —aliados de Irán— hundieron el carguero Tihamah y mataron a seis personas, las primeras víctimas fatales en el transporte marítimo desde el inicio de la guerra 12. La cadena es clara: Irán no necesita controlar Ormuz si puede cerrar el mar Rojo. El imperio se combate en sus márgenes, y los márgenes se han vuelto el centro.
Esta lógica de retroalimentación explica también la escalada en Yemen, donde al menos 58 soldados murieron en ataques hutíes contra campamentos militares 10. La tregua de 2022 se deshace no porque alguien la haya roto deliberadamente, sino porque el sistema de alianzas que la sostenía —Riad, Washington, Teherán— está en guerra abierta en otra parte. Los hutíes no necesitan ganar en Saná: les basta con demostrar que pueden encarecer el comercio mundial. Es la estrategia del débil, pero es efectiva cuando el fuerte ha comprometido sus recursos en tres frentes simultáneos.
El frente europeo confirma la misma dinámica. La crisis migratoria de Ceuta, con 72.000 personas cruzando en un solo día 6, no es un problema humanitario aislado: es la consecuencia de un Mediterráneo donde las rutas comerciales se militarizan y las rutas humanas se criminalizan. España e Italia responden con controles fronterizos recíprocos 6, una medida que trata la migración como un problema bilateral cuando es, en realidad, un efecto colateral de la desestabilización regional. Nadie cruza el Mediterráneo porque sí; cruzan porque los estados de origen y tránsito están en descomposición.
En el Levante, la violencia tiene su propia gramática. Los ataques israelíes en el sur de Líbano mataron a once personas, incluidos tres niños 5, mientras el ministro de Seguridad Nacional israelí pide abiertamente "eliminar a 30 o 40 personas cada noche" en Gaza 9. No es retórica: es la normalización de la matanza como política pública. La intervención del ejército israelí para levantar el asedio de colonos a viviendas palestinas en Qusra 11 sugiere que incluso dentro del sistema israelí hay límites que algunos consideran superados. El problema es que esos límites se negocian en público, con la comunidad internacional como espectadora.
Mientras tanto, la guerra de Ucrania sigue su curso de desgaste. Los drones ucranianos mataron a cuatro personas en Rusia y Crimea, incluido un niño de tres años 3, y atacaron una refinería y una base naval en el Mar Negro 4. Cada bando cuenta sus muertos y culpa al otro; la verdad es que ambos tienen razón y ninguno la tiene entera. La guerra moderna no distingue entre combatientes y civiles, y la retórica de "daños colaterales" es un eufemismo que ya nadie se toma en serio.
El sistema está diseñado para producir exactamente lo que estamos viendo. El portaaviones USS Abraham Lincoln será reemplazado tras 250 días de despliegue, con la tripulación agotada y en crisis de salud mental 8. No es un detalle logístico: es la señal de que Estados Unidos está estirando sus recursos hasta el punto de ruptura. Y cuando el hegemón se fatiga, los actores regionales llenan el vacío con violencia.
La pregunta que importa no es quién controla Ormuz, sino cuánto tiempo puede sostenerse un sistema que convierte cada crisis en combustible para la siguiente. La muerte de Jason Arday, el académico de Cambridge hallado sin vida en su casa 7, es un recordatorio incómodo: incluso en las instituciones más privilegiadas del mundo, la presión puede volverse insoportable. Si eso es cierto para un profesor universitario, ¿cuánto más para un soldado en un portaaviones, un migrante en Ceuta o un niño en Gaza?
La geografía del caos no tiene centro ni periferia: es un circuito cerrado donde cada explosión alimenta la siguiente. La única certeza es que alguien pagará el costo, y no será quien decide las guerras.
