La semana empezó con una afirmación rotunda desde la Oficina Oval: el control del estrecho de Ormuz pertenece a la Armada estadounidense, no a Irán, y las minas ya han sido barridas 1. La declaración tiene la virtud de la claridad y el defecto de la evidencia. Porque la realidad sobre el agua es más ambigua: Teherán y Mascate negocian un acuerdo para gestionar el tránsito, pero la reapertura total sigue condicionada a que Washington ceda en sus exigencias 2. Esa brecha entre la afirmación del poder y su ejercicio efectivo es el verdadero paisaje de esta guerra.
El estrecho no es un escenario aislado; es el nodo que conecta todos los frentes. Lo que ocurre en Ormuz se replica, con otras coordenadas, en el mar Rojo, donde un ataque hutí contra el buque Tihamah en Bab al-Mandeb mató a seis personas, las primeras víctimas mortales de la navegación desde que comenzó la guerra contra Irán 9. Los hutíes, que ya han matado a decenas de soldados del gobierno yemení en ataques con misiles y drones 7, demuestran que la capacidad de interrumpir el comercio mundial no requiere una armada: basta con misiles y voluntad de usarlos. La geografía, otra vez, se impone sobre la tecnología.
En ese contexto, la diplomacia intenta construir diques. El pacto de defensa mutua firmado en La Meca entre Arabia Saudí, Turquía y Pakistán 11 es una respuesta explícita a la fragmentación de la seguridad regional. Pero también es un síntoma: cuando tres potencias con intereses divergentes necesitan un tratado para coordinar su defensa, lo que revelan es la ausencia de un orden que las contenga. Mientras tanto, en Gaza, el alto el fuego de octubre de 2025 ha dejado un saldo que Unicef cuantifica con precisión escalofriante: 300 niños muertos en 300 días, uno por día 10. La cifra no es un dato; es una sentencia sobre la naturaleza del conflicto.
Netanyahu ha rechazado el plan de 15 puntos respaldado por Washington, exigiendo el desarme completo de Hamás antes de cualquier retirada 5. La posición es coherente con su historia política, pero también revela la trampa del tiempo: cada día de negociación que se pierde es un día de muertes que se acumulan. En Cisjordania, el embajador estadounidense ha calificado de "acto de terror" el asedio de colonos a familias palestinas en Qusra 12, una condena que, viniendo de la administración que respalda al gobierno israelí, subraya hasta qué punto la violencia se ha normalizado.
La guerra, sin embargo, no se libra solo en Oriente Próximo. Ucrania ha intensificado sus ataques de largo alcance contra refinerías y bases navales rusas 3, matando al menos a cuatro personas, incluida una niña de tres años 4. El ministro de Exteriores ruso ha respondido con advertencias a Washington 4, en una escalada retórica que recuerda los momentos más peligrosos de la Guerra Fría. Y en el Mediterráneo, la crisis migratoria de Ceuta —72.000 personas en un solo cruce 6— ha desatado una disputa diplomática entre España e Italia, revelando que la presión demográfica también es un campo de batalla.
El mito central de esta era es que alguien controla algo. Trump dice que controla Ormuz; los hutíes demuestran que pueden cerrar Bab al-Mandeb; Netanyahu insiste en que no se retirará hasta el desarme; Ucrania golpea el corazón energético de Rusia; y el general birmano Min Aung Hlaing busca legitimidad con una alfombra roja en Bangkok 8. Cada uno afirma su poder, pero la realidad es más modesta: todos son capaces de destruir, ninguno es capaz de imponer su voluntad.
La consecuencia que importa no es quién gana la próxima batalla, sino qué orden emerge de esta destrucción mutua. El pacto de La Meca sugiere que los actores regionales buscan nuevas arquitecturas de seguridad. La cifra de Unicef sugiere que el costo humano ya es insoportable. Y la brecha entre las declaraciones y los hechos sugiere que la guerra continuará hasta que alguien esté dispuesto a pagar el precio de la paz. Ese alguien, por ahora, no aparece en el horizonte.
