La tecnología avanza en dos direcciones simultáneas esta semana: hacia afuera, conquistando el espacio físico, y hacia adentro, colonizando nuestra psicología y nuestra intimidad. Ambas trayectorias convergen en una misma pregunta incómoda: ¿quién controla realmente el entorno en el que vivimos?
China ha recuperado con éxito un cohete reutilizable usando un sistema de redes en el mar 48, un logro técnico que consolida su posición como segundo país capaz de reutilizar cohetes orbitales. Es ingeniería limpia, ambiciosa, y por una vez, sin controversia ética inmediata. Pero mientras Pekín mira al cielo, las grandes tecnológicas occidentales tienen la mirada clavada en nosotros.
Meta ha tenido una semana para olvidar. Lanzó Muse Image, un generador de imágenes que usa fotos públicas de Instagram sin notificar a los usuarios 5, y lo retiró días después ante la reacción negativa 1. Pero el problema de fondo no es técnico: es estructural. La Comisión Europea acusa formalmente a la compañía de diseñar Instagram y Facebook para ser adictivos 3, lo que podría costarle más de 12.000 millones de dólares. Mientras tanto, los planes de unas gafas con grabación continua 11 sugieren que la empresa no ha entendido la lección.
Apple, por su parte, ha demandado a OpenAI por robo de secretos comerciales 2, acusando a dos exempleados de llevarse información sensible para construir hardware propio. Es un movimiento defensivo, pero revelador: incluso los gigantes se sienten vulnerables cuando sus ingenieros se van a la competencia con el conocimiento en la cabeza.