La educación, en sus múltiples formas, es el termómetro más fiable de la salud de una sociedad. Hoy, las noticias nos ofrecen tres lecturas de ese mismo instrumento, y juntas dibujan un mapa preocupante: el sistema educativo global está fallando en su función más básica, que no es transmitir datos, sino seleccionar y retener el talento. Desde la rigidez burocrática de una oposición en Logroño hasta la fuga de cerebros hacia China, pasando por la obsesión numérica de las notas de corte universitarias, el hilo conductor es la misma tensión entre el mérito y el sistema que debería premiarlo.
Empecemos por el caso más inmediato y, en apariencia, menor: la expulsión de un aspirante a la Guardia Civil por abrir el examen antes de tiempo 1. El tribunal explicó las instrucciones, el candidato las infringió, y la consecuencia fue automática. No hay drama, solo procedimiento. Pero este incidente, con sus 26.806 participantes y su estricta aplicación de la norma, revela la cara más fría de la meritocracia: un sistema donde el error, por mínimo que sea, anula cualquier otra consideración. Es la lógica del expediente, donde un segundo de impaciencia puede costar una carrera. Es, también, la antítesis de lo que debería ser una evaluación: un proceso que mida capacidades, no solo obediencia.
Esa misma lógica de la medición exacta se replica, con otras consecuencias, en el otro extremo del espectro educativo. La doble titulación de Matemáticas y Física en la Universidad Complutense exige un 13.715 sobre 14 para acceder, y solo admite al 3% de sus solicitantes 4. Cifras que parecen un triunfo de la excelencia, pero que en realidad son un síntoma de asfixia. Cuando 58 titulaciones exigen más de 13 puntos, el sistema no está seleccionando a los mejores; está creando una burbuja de presión donde el mérito se confunde con la capacidad de soportar una carrera de obstáculos. El mensaje implícito es que el talento solo vale si cabe en un número, y que las puertas se abren para muy pocos.
Y mientras España y Estados Unidos perfeccionan sus filtros, China abre las suyas de par en par. La noticia del premio Nobel Omar Yaghi, que abandona Occidente para dirigir un instituto de inteligencia artificial y química en la Universidad de Tsinghua 3, no es una anécdota aislada. Es la punta de lanza de una tendencia: la fuga de científicos e investigadores hacia un país que ha entendido que la educación no es un embudo, sino una inversión. Mientras aquí debatimos sobre calendarios escolares de 185 días —un anteproyecto, por cierto, que aún no es oficial—, en Pekín construyen centros de investigación alrededor de los nombres más brillantes del mundo.