La educación superior nunca ha sido solo un asunto de aulas y exámenes. Es, ante todo, un sistema de promesas: la promesa de que un título abre puertas, de que el esfuerzo se recompensa, de que el camino está trazado. Pero cuando casi uno de cada diez estudiantes universitarios cambia de carrera tras el primer curso, con un coste anual de 26 millones de euros para las arcas públicas 1, lo que se revela no es una simple anécdota de jóvenes indecisos, sino una falla estructural en cómo se construye esa promesa desde el principio.
Esa cifra, el 9,6% en universidades públicas, no habla solo de desorientación vocacional. Habla de un sistema que empuja a los estudiantes a elegir antes de estar preparados, que premia la matrícula temprana sobre la madurez de la decisión, y que luego carga sobre el contribuyente el coste de esa premura. El dinero perdido es la parte visible de un problema más hondo: la desconexión entre lo que se enseña y lo que los jóvenes realmente necesitan para encontrar su lugar.
Mientras tanto, en Argentina, un nuevo índice llamado NIDO mide con precisión quirúrgica las oportunidades para criar niños menores de cinco años, evaluando salud, educación, contexto socioeconómico y espacios verdes a nivel de manzana 2. Buenos Aires lidera con apenas 59,33 puntos sobre 100. La herramienta, desarrollada por la Fundación Bunge y Born con apoyo de UNICEF y otras instituciones, es un recordatorio de que la educación no empieza en la universidad, sino en el barrio, en el parque, en el centro de salud. Si no se construyen bases sólidas desde la primera infancia, el cambio de carrera a los 18 años no es un accidente, sino una consecuencia anunciada.
La fragilidad de esas bases se manifiesta también en la formación de quienes deben enseñar. En Asturias, las pruebas de oposición para docentes han registrado tasas de suspenso de hasta el 90% en algunos tribunales, y los candidatos no pueden impugnar los resultados antes de la siguiente fase 4. La controversia política que ha estallado es comprensible, pero el dato más perturbador es otro: ¿cómo es posible que nueve de cada diez aspirantes a maestro no superen un examen? Si el sistema de selección es tan exigente, quizás está mal diseñado; si los candidatos están tan mal preparados, la formación previa es la que falla. En cualquier caso, el que pierde es el alumno que se sentará en esas aulas.