Una semana después del terremoto de magnitud 7,4 que sacudió el oeste de Colombia, el país cambió el rastreo entre escombros por el cálculo de la reconstrucción 1. Las cifras oficiales, aún móviles, hablan de al menos 304 muertos y cientos de desaparecidos, con pérdidas preliminares que el gobierno estima en unos 30 billones de pesos, cerca de 9.500 millones de dólares 16. La cifra de fallecidos ha ido subiendo día a día desde los 200 iniciales, y cada actualización confirma que el problema no fue solo la magnitud del sismo, sino la exposición acumulada de un territorio que no estaba listo para un evento de esta escala 7.
Mientras Colombia contaba sus muertos, la tierra seguía moviéndose en otros puntos del planeta. Indonesia registró un sismo de 7,7 frente a la isla de Flores con al menos 47 fallecidos y 2.000 evacuados 3. En Granada, España, una serie sísmica que comenzó el 14 de agosto obligó a desalojar la Alhambra tras un temblor de 4,7, dejando tres heridos leves 48. Y en Venezuela, un sismo de magnitud 4,0 sacudió La Guaira sin daños mayores 5. La simultaneidad no implica una conexión geológica, pero sí revela un patrón: la preparación sísmica es la excepción, no la regla.
La ciencia tiene límites claros que conviene recordar. Los sismólogos pueden medir la energía liberada, ubicar epicentros y calcular profundidades, pero no pueden predecir cuándo ni dónde ocurrirá el próximo gran terremoto. Lo que sí saben, con certeza estadística, es que las regiones de falla activa volverán a temblar. La pregunta no es si ocurrirá, sino si los edificios, hospitales y escuelas resistirán. En Colombia, la respuesta de esta semana es insuficiente: 450 municipios en 15 departamentos resultaron afectados 6.
La respuesta institucional muestra avances y vacíos. El gobierno colombiano ha presentado un plan de reconstrucción y la Dimayor reanudó el fútbol tras verificar los estadios 10, mientras el alcalde de Cali, Alejandro Eder, advierte que la crisis humanitaria durará unos tres meses y la reconstrucción completa tomará tres años y costará 10.000 millones de dólares 11. Pero la gobernanza no puede limitarse a reparar lo que se cayó. La promesa de la cantante Shakira de reconstruir la Universidad Tecnológica del Chocó y diez escuelas en Quibdó es bienvenida 2, pero la filantropía no sustituye la política pública de prevención que debió existir antes del 10 de agosto.
La exposición es el dato que más debería inquietar. Un terremoto de 7,4 es un evento extremo, pero no imprevisible. Las ciudades colombianas afectadas — Cali, Pereira, Manizales, Quibdó — están en zona de fallas activas y su crecimiento urbano ha sido históricamente desordenado. La pregunta incómoda es cuántos de los edificios colapsados cumplían las normas sismorresistentes vigentes. No tenemos esa respuesta, pero la evidencia de otros sismos en la región sugiere que el cumplimiento es desigual. La reconstrucción, si se hace bien, es una oportunidad para corregir décadas de déficit estructural. Si se hace con prisa, repetirá los errores.
La preparación realista no exige milagros. Exige códigos de construcción estrictos y verificados, sistemas de alerta temprana probados, simulacros regulares y planes de evacuación que funcionen cuando ocurre el sismo, no solo en los documentos. También exige que los recursos de prevención se asignen antes del desastre, no después. La diferencia entre un terremoto que mata a 300 personas y uno que mata a 3.000 no es la magnitud del sismo; es la calidad de los edificios y la velocidad de la respuesta.
La decisión que importa ahora no es cuánto costará reconstruir, sino quién garantizará que la próxima vez no tengamos que hacerlo todo de nuevo.
