Hay una palabra que los jóvenes repiten como quien riega una planta: farmear. Viene de los videojuegos, de ese gesto repetitivo de recolectar recursos hasta que algo crece, y ahora se aplica a una sustancia más esquiva que cualquier moneda virtual: el aura, esa mezcla de carisma y presencia que antes se tenía o no se tenía, y que hoy se trabaja como un huerto 1. La expresión esconde una mutación más profunda de lo que parece: el carisma dejó de ser un don para convertirse en una técnica. Y en esa conversión hay algo de honestidad generacional y algo de vértigo.
Porque mientras la Generación Z aprende a cosechar presencia en el espacio público, otra escena, la madrileña, sacaba a la calle el cuerpo de Federico García Lorca. La performance 'Saca Nocturna', que recorrió el centro de Madrid con una escultura del poeta 90 años después de su fusilamiento, reunió a más de 200 participantes 2. No es casualidad que ambas noticias ocupen el mismo día. Lorca es, en cierto sentido, el aura hecha carne: un hombre que no necesitaba farmear nada porque su sola presencia encendía una habitación. Y sin embargo, esa aura no le salvó la vida. El carisma, nos recuerda su cuerpo paseado por las calles, es también lo que convierte a una persona en blanco.
La contradicción no es menor. Si el aura se puede cultivar, ¿qué queda del misterio? Los artistas que hoy gestionan su imagen como un inventario saben que la autenticidad es un recurso más, y lo tratan con la misma eficiencia con la que Carolina Durante responde a un ministro que compara carteles de conciertos de su etapa como alcalde con los actuales 4. La banda indie no discute gustos musicales: discute criterio, memoria y, en el fondo, quién tiene autoridad para juzgar qué merece la pena. Esa disputa es también una pelea por el aura: por quién la concede, por quién la retira y por qué.
Mientras tanto, la Fundación Hermanos Rojas anuncia su primera gala benéfica en Nueva York para recaudar fondos para sus programas de asistencia social en la República Dominicana 3. El evento, previsto para el sábado 28 en The Eastwood Manor, es un recordatorio de que el aura también se institucionaliza: se viste de etiqueta, se subasta, se convierte en causa. No hay nada cínico en ello, pero sí algo revelador: hasta la solidaridad necesita hoy de una puesta en escena que genere presencia.
Lo que une estas cuatro historias es una pregunta incómoda: ¿qué hacemos cuando el aura se convierte en un sistema de producción? La Generación Z lo resuelve con ironía, farmeando su propia imagen como quien sabe que todo es un juego 1. Lorca, desde su ausencia, lo contradice: hay auras que no se cultivan, que simplemente son, y cuya fuerza no se mide en seguidores sino en la capacidad de seguir movilizando cuerpos 90 años después 2. Carolina Durante defiende que el aura no debería depender del gusto de un político 4. Y la gala neoyorquina demuestra que, bien administrada, el aura puede alimentar a quien no la tiene 3.
La cuestión que queda abierta, la que de verdad importa, es si esta nueva generación que cultiva su presencia con la disciplina de un agricultor digital acabará descubriendo que el aura más poderosa es la que no se trabaja, sino la que se hereda, se sufre o se pierde. Porque Lorca no farmeó nada: escribió, amó y murió. Y todavía hoy, su cuerpo de escultura recorre Madrid como un recordatorio de que el carisma verdadero no se cosecha: se padece.
