Deslizo el dedo por la pantalla y el día se me presenta como un bazar de identidades: una reina que declara el amor libre desde un escenario, una archiduquesa que se casa en Viena con toda la pompa habsburga, un cantante colombiano inmortalizado en busto dorado, adolescentes que toman las calles con la violencia de un algoritmo. No son noticias inconexas. Son todas, de algún modo, puestas en escena — el trabajo incansable de ser visto, recordado, clasificado.
La reina Máxima abre el WorldPride en Ámsterdam 1. Su frase — «¿no es eso lo normal?» — suena a pedagogía institucional, a la monarquía queriendo ser relevante al abrazar una causa. Pero también es un acto de equilibrio: una corona que se tiñe de arcoíris mientras, en paralelo, otra heredera de Habsburgo revive el protocolo dinástico en la misma Europa 4. La contradicción no es un error; es el sistema. La identidad pública se negocia entre la tradición que vende y la inclusión que legitima.
Al otro lado del espectro, la memoria se construye con materiales cada vez más explícitos. La tumba de Yeison Jiménez — una réplica dorada de su rostro, sombrero y cadena — no es duelo privado sino espectáculo público 9. Seis meses después del accidente, su familia elige un monumento que parece diseñado para una selfie. No lo juzgo: en una cultura donde la visibilidad es el único capital, el mármol ya no basta. Hay que ser instagrameable incluso en la muerte.
Los adolescentes que organizan «tomas» masivas en ciudades estadounidenses 10 actúan la misma lógica, solo que con otros riesgos. No piden permiso. Su coreografía es el caos — disparos, robos, vandalismo — y el premio es la atención viral. Esa es la incentive escondida: la visibilidad inmediata que ningún diploma, ningún trabajo formal, ningún rito de paso les ofrece ya. La sociedad los ha dejado sin escenarios legítimos, así que se fabrican los suyos, con las consecuencias que vemos.
Y la UNESCO, que parece operar en otro registro, también selecciona qué memorias merecen ser universales: las play