El telón de la cultura contemporánea se abre hoy sobre un escenario de ausencias. La muerte de LaToya Malcolm, exconcursante de Miss Universe Jamaica 2024, a los 35 años sin causa revelada 1, y la del chef Paco Ron, pionero de la Nueva Cocina Asturiana, a los 68 3, nos enfrentan a la misma pregunta: ¿qué queda cuando el cuerpo que ocupó un escenario —de la pasarela o de la cocina— desaparece?
Malcolm compitió por un título que celebra la belleza fugaz; Ron transformó ingredientes en arte efímero. Ambos sabían que su obra no duraría. La modelo posa para una fotografía que envejece; el cocinero crea un plato que se consume. Y sin embargo, ambos construyeron algo que trasciende: Malcolm dejó una imagen de gracia en un certamen que la recordó públicamente; Ron dejó una escuela culinaria que otros cocineros continúan.
Aquí aparece la primera ironía. Mientras estos artistas de lo perecedero mueren, la cultura popular se aferra a la permanencia mediante la repetición. Tom Hiddleston narrará un documental sobre Pompeya usando gestos de Loki, su personaje de Marvel 8. La ciudad sepultada en el año 79 —destruida por la furia de un volcán— se convierte en espectáculo de entretenimiento, narrado por un dios tramposo que manipula el tiempo. La muerte masiva se embellece con efectos visuales y una voz familiar.
Pero hay un contraste más sutil. En Argentina, la muerte del baterista Claudio "Pato" Strunz, leyenda del heavy metal, a los 59 años 6, ha provocado una ola de tributos sinceros de la comunidad musical. Strunz tocaba en bandas que cantaban sobre la resistencia y la furia; su arte era ruidoso, contestatario, y su despedida ha sido auténtica. Ese mismo día, Samuel L. Jackson acusó a Argentina de ser "uno de los países más racistas del mundo" tras la derrota en la final del Mundial 2, usando la imagen de un personaje esclavo colaboracionista de Django Unchained. La acusación puede ser cierta o no —no tenemos evidencia para verificarla—, pero el gesto es el de un actor que convierte su fama en arma política, mientras los músicos locales lloran a un colega sin aspavientos.