La madrugada del 7 de julio, Lorenzo Salgado Araujo intentó huir de un control de tránsito de ICE en Texas. No era un criminal buscado por homicidio. Era un migrante sin papeles que, al ver la luz roja, obedeció el instinto de quien sabe que el sistema no lo protege. Murió atropellado. Ocho días después, el 15 de julio, el Departamento de Seguridad Nacional ordenó la suspensión de la mayoría de las paradas vehiculares de ICE 2, una medida que llegó demasiado tarde para él y para Joan Sebastián Guerrero, el colombiano de 26 años abatido en Maine por agentes que, según reportes, carecían de cámaras corporales y no portaban una orden judicial contra él 3.
La política migratoria, en Estados Unidos, se escribe con sangre. La directriz que ahora congela las paradas rutinarias —salvo órdenes judiciales u operaciones conjuntas 1— no es un gesto de humanidad, sino una admisión de fracaso: tres muertos en una semana forzaron lo que años de denuncias de abuso no lograron. Pero la pregunta que debe hacerse no es si la pausa es suficiente, sino si el sistema mismo, que arma a agentes de inmigración como si fueran patrulleros fronterizos en zonas residenciales, puede reformarse sin cambiar su ADN.
No hay estadística que consuele a la familia de Salgado Araujo. La cifra de homicidios en México, que la presidenta Sheinbaum reportó como una caída del 48% —de 86.9 a 45.4 víctimas diarias entre septiembre de 2024 y junio de 2026, lo que ella llamó "vidas salvadas" 12—, contrasta brutalmente con la realidad de quienes huyen de esa violencia y se topan con otra, al otro lado de la frontera. Ocho estados mexicanos concentran aún la mayoría de los asesinatos 12; no es coincidencia que de allí salgan muchos de los que luego son recibidos con balas en Maine o Texas.
Mientras tanto, en Colombia, el ELN secuestró a 39 personas de dos autobuses en la vía Quibdó–Carmen de Atrato, en el Chocó 9. Entre los secuestrados hay un menor de edad. El Ejército intentó un rescate; los guerrilleros emboscaron a los soldados y mataron a dos . La guerrilla no distingue entre civiles y combatientes, igual que el agente de ICE que dispara sin cámara ni orden. La impunidad es el idioma común.