Esta semana, el expediente judicial nos devuelve una imagen fragmentada de lo que entendemos por justicia: un mosaico donde conviven la rendición de cuentas, el abuso de poder, la tragedia evitable y la impunidad que se disfraza de procedimiento. No hay un solo relato, sino varios que, al mirarlos juntos, revelan las grietas de un sistema que promete igualdad pero administra el castigo de manera desigual.
En el vértice más crudo del poder estatal, la muerte de Lorenzo Salgado Araujo en Houston 112 nos interpela como sociedad. Un hombre de 35 años de residencia en Estados Unidos, padre de familia, fue abatido por un agente de ICE durante una operación de inmigración. La versión oficial habla de un intento de atropello; la familia clama por justicia. Más allá de los detalles del forcejeo, lo que queda es la pregunta incómoda: ¿cuánta fuerza es necesaria para detener a alguien que huye de un trámite migratorio? La respuesta, en este caso, fue letal. Y mientras tanto, en el otro extremo del espectro penal, Ismael "El Mayo" Zambada negocia desde una celda las condiciones de su encierro 3, aceptando cadena perpetua pero pidiendo una prisión médica. El cofundador del Cártel de Sinaloa, responsable de décadas de violencia, recibe un trato que busca gestionar su vejez, no castigar sus crímenes. La balanza de la justicia, cuando se trata de poder y recursos, siempre parece inclinarse.
La violencia, sin embargo, no entiende de estratos sociales. En Culiacán, Sinaloa, la música regional mexicana perdió a otra voz: Adán R., exvocalista de Los Nuevos Rebeldes, fue ejecutado a tiros en la entrada de su casa 9. Un crimen que no necesita contexto para ser condenable, pero que sí lo tiene: la guerra interna del crimen organizado que devora a sus propios artistas. Y en el plano internacional, la sombra de la venganza se extiende hasta Mónaco, donde Anastasiia Berezovska, sospechosa de un atentado con bomba, aparece muerta en Ucrania 5. La justicia, en estos casos, no llega por los tribunales sino por la violencia paralela.