Hay una narrativa que se repite cada mañana en las pantallas de los inversores: el mundo va bien, los índices suben, las empresas innovan y los gobiernos gestionan. El lunes, el Nikkei saltó un 2,1% hasta 66.970,22 puntos, contagiado por un Wall Street eufórico tras un informe de empleo débil que aleja la amenaza de subidas de tipos 7. La lógica es impecable: malas noticias macro, buenas noticias para las acciones. Pero el problema es que esta historia ignora un dato incómodo que no encaja con el optimismo: la deuda pública estadounidense ha superado los 40 billones de dólares, dos años antes de lo que proyectaba la Oficina Presupuestaria del Congreso en mayo de 2023 3.
Ese número no es un detalle técnico. Es la fisura que recorre todo el relato. Porque mientras los índices celebran, los bonos del Tesoro a 30 años tocaron el 5,33% el martes, su nivel más alto desde 2007, y el plan del Tesoro de duplicar sus recompras de deuda no ha logrado calmar los mercados 8. La contradicción es evidente: si la economía fuera tan sólida como sugiere el rally bursátil, ¿por qué los inversores exigen rentabilidades tan altas para prestar al gobierno más seguro del mundo? La respuesta probable no es el crecimiento, sino la prima por riesgo fiscal. Y aquí es donde el análisis de incentivos se vuelve crucial: cuando un gobierno emite deuda sin límite visible, el mercado exige compensación por el riesgo de que la inflación o la monetización erosionen el valor de los bonos.
La defensa de esta situación suele apelar a la excepcionalidad: el dólar es la moneda de reserva, la economía es resiliente, el consumo aguanta. Pero el propio Walmart, el mayor minorista del mundo, acaba de ofrecer la evidencia contraria: sus ventas comparables en EE.UU. crecieron solo un 2,6% en el segundo trimestre fiscal, el ritmo más lento en seis años, y sus acciones cayeron hasta un 9% 11. Un analista de Mizuho lo calificó como uno de los mayores fallos de expectativas en años 11. Cuando el barómetro del consumo estadounidense flaquea, la tesis de que el gasto sostiene el crecimiento pierde fuerza. Y si el consumidor se resiente, la recaudación fiscal también, lo que agrava el problema de deuda.
Los defensores del statu quo podrían señalar que la presión sobre los bonos es un fenómeno global, no un fallo específico de EE.UU. Es cierto que los rendimientos a largo plazo están cerca de máximos de décadas en todo el mundo 8. Pero eso no consuela: significa que el problema es sistémico, no local. La memoria de chips, por ejemplo, está reconfigurando cadenas de suministro y estrategias corporativas, con SK Hynix invirtiendo 720.000 millones de dólares en la mayor red de fábricas de memoria de Corea del Sur 4. Esa inversión masiva requiere financiación, y la financiación depende de unos mercados de deuda que están temblando.
El riesgo no resuelto es el siguiente: si los rendimientos de los bonos siguen subiendo porque el mercado descuenta una prima por riesgo fiscal, el coste de financiación de todo el sistema —gobiernos, empresas y consumidores— se encarece. Y un encarecimiento del capital en un momento en que el consumo se desacelera es la receta clásica para una corrección brusca. El mercado de acciones parece no haber leído esa parte del guion. La pregunta que el lector debería hacerse no es si el rally continuará, sino cuánto tiempo puede ignorar la contradicción entre la euforia bursátil y el deterioro silencioso de los balances soberanos. La historia sugiere que la respuesta es: menos del que se piensa.
