Hay un hilo que atraviesa hoy los mapas del mundo, y no es el de un solo conflicto, sino el de una geografía que se parte en pedazos simultáneos. Desde el Golfo Pérsico hasta el Mar Negro, desde el Mediterráneo oriental hasta el Mar Rojo, las líneas de fuego se han corrido más allá de los frentes declarados, y lo que vemos no es una escalada, sino una disolución de los límites que solían contener la guerra.
En el estrecho de Ormuz, la disputa ya no es sobre quién controla el paso, sino sobre qué significa controlarlo. Washington afirma tener un dominio "total" 2, mientras Teherán lo niega con la misma rotundidad. Pero la declaración de Trump de que convertirá el estrecho en "territorio de los Estados Unidos" 1 no es una medida operativa: es la admisión de que la victoria que prometió hace casi seis meses no ha llegado, y de que la única forma de sostener la narrativa es redefinir el tablero. Cuando un presidente anuncia que anexará un punto de tránsito internacional, está diciendo que la guerra no se está ganando en los términos que se vendieron.
Esa misma fractura entre el relato y el terreno se reproduce en otros teatros. En el Mar Rojo, los hutíes han matado a seis marineros en el primer ataque con víctimas fatales contra la navegación desde el inicio de la guerra con Irán 11. No es un incidente aislado: es la prueba de que la coalición que debía proteger el comercio global no ha podido neutralizar a un actor que opera con misiles y drones de bajo costo. Y en Yemen, la tregua de 2022 se deshace: 58 soldados del gobierno han muerto en ataques contra campamentos militares 9, mientras la comunidad internacional mira hacia otro lado.
La guerra de Ucrania, entretanto, ha entrado en una fase en la que los drones ucranianos matan a un niño de tres años en Rusia 3 y alcanzan refinerías y bases navales 4. Cada bando cuenta sus muertos y cada bando culpa al otro, pero el patrón es el mismo: la infraestructura civil es ahora un objetivo legítimo, y la distinción entre combatiente y no combatiente se ha vuelto una formalidad legal que nadie respeta.
En el Líbano, Israel ha matado a un segundo comandante de Hezbolá 8, pero también a tres niños y dos mujeres. La muerte de Abu Hassan Alaa puede ser un éxito táctico; los cuerpos en Deir Zahrani son el costo que nadie quiere nombrar. Y en Afganistán, los talibanes celebran cinco años de poder 12 mientras la ONU documenta una crisis de derechos humanos que se profundiza cada día.
Lo que une estos eventos no es una conspiración ni una coordinación secreta. Es algo más simple y más inquietante: la normalización de la violencia como herramienta de gestión política. Cuando un presidente promete anexar un estrecho internacional, cuando un ataque contra un barco mercante mata a seis personas y la respuesta es un comunicado, cuando un niño muere en un ataque con drones y la discusión es sobre el número de interceptaciones, hemos cruzado una línea.
La pregunta que queda para el lector no es quién ganará esta guerra u otra. Es si todavía existe un marco —legal, diplomático, moral— que pueda contener la siguiente escalada. Porque si Ormuz se convierte en "territorio de los Estados Unidos", si el Mar Rojo se vuelve intransitable, si Yemen regresa a la guerra civil total, entonces la pregunta ya no será sobre el control de un estrecho, sino sobre qué queda del orden que lo hacía posible. Esa es la decisión que se está tomando ahora, no en las salas de guerra, sino en la ausencia de ellas.
