El mundo despertó el lunes con el petróleo trepando un 4% y un presidente estadounidense autoproclamándose “guardián del estrecho” 13. No es una metáfora. La Casa Blanca ha decidido que la única manera de controlar el 20% del tráfico mundial de crudo es cobrar un peaje del 20% sobre toda carga que cruce el estrecho de Ormuz, mientras la Armada estadounidense ejecuta una tercera noche consecutiva de bombardeos sobre Irán 23. Lo que comenzó como una escalada táctil se ha convertido en una apuesta estratégica: Washington ya no busca disuadir, sino administrar el caos que ella misma ha creado.
Lo que se ve desde el terreno es una guerra de dos carriles. Por un lado, los ataques aéreos estadounidenses contra instalaciones iraníes —confirmados por el CENTCOM— han roto cualquier vestigio de la tregua de febrero 2. Por el otro, la imposición unilateral de un peaje sobre el estrecho transforma un punto de estrangulamiento geopolítico en una máquina de ingresos y control. Trump lo ha dicho sin ambages: el estrecho “está ABIERTO y seguirá estándolo, con o sin Irán” 3. La afirmación es una declaración de hecho, pero también una admisión de que la libertad de navegación ya no es un derecho, sino una concesión que cobra peaje.
Esta lógica de “guardián-mercader” no es un accidente retórico. Es la consecuencia directa de tres noches de bombardeos que no han logrado un cese al fuego, sino que han empujado a Irán a prometer resistencia 8. Mientras tanto, los hutíes, alineados con Teherán, han roto una tregua informal de cuatro años y han lanzado misiles contra el aeropuerto de Abha en Arabia Saudí, en represalia por un ataque que el gobierno yemení reivindica pero que los hutíes atribuyen a Riad . La guerra en Yemen, que parecía congelada, se ha descongelado al calor de Ormuz.