La tregua que nunca fue ha muerto, y con ella cualquier ilusión de que el orden global se sostiene sobre acuerdos de papel. Lo que los eventos de esta semana revelan no es un simple colapso diplomático entre Washington y Teherán, sino la cristalización de un nuevo eje de conflicto donde la debilidad interna de los actores se proyecta hacia afuera en forma de misiles y amenazas.
El alto el fuego del 17 de junio duró menos de un mes. El presidente Trump lo declaró "terminado" 2812 después de que Irán atacara buques mercantes cerca del estrecho de Ormuz, provocando una respuesta estadounidense masiva: más de 170 objetivos iraníes bombardeados 2, luego 90 más 7, mientras Washington exige que Teherán garantice la navegación en el estrecho 1. La paradoja es que ambas partes insisten en que quieren seguir hablando 812 —una delegación qatarí ya está en Teherán 12—, pero la lógica de la escalada ha tomado el volante.
El entierro del ayatolá Jamenei en Mashhad 4 no fue un momento de duelo nacional, sino un catalizador. Las multitudes que coreaban "muerte a Trump" no solo desafiaban a Washington; señalaban la profundidad de la crisis interna iraní. Un régimen que entierra a su líder supremo mientras sus refinerías —las de su aliado ruso— colapsan por ataques ucranianos con drones no negocia desde la fortaleza, sino desde la necesidad. La gasolina escasea en Moscú ; Teherán busca desesperadamente una victoria de imagen en el Golfo.