La frágil tregua entre Estados Unidos e Irán, firmada el 17 de junio, ha muerto. Lo que comenzó como una pausa calculada se ha convertido en una escalada de represalias que ya no cabe dentro de los márgenes de la diplomacia. El presidente Donald Trump declaró el acuerdo “terminado” 3 y ordenó una nueva oleada de ataques aéreos contra objetivos iraníes 11, mientras que Teherán respondió golpeando instalaciones militares estadounidenses en Bahréin, Kuwait y Catar 7. En dos noches consecutivas, más de 170 objetivos fueron alcanzados 8. El tablero geopolítico se ha partido en dos.
Detrás de la retórica incendiaria —Trump llamó “escoria” a los líderes iraníes 11— hay una dinámica más fría: la del poder y la disuasión. Irán violó la tregua al atacar tres buques mercantes en el estrecho de Ormuz 3, un gesto que Washington interpretó como una humillación inaceptable. La respuesta estadounidense no se limitó a la fuerza militar: revocó las exenciones de sanciones a las exportaciones de petróleo iraní 2, cerrando la llave financiera que aún mantenía a Teherán conectado con los mercados globales. El petróleo reaccionó de inmediato: el Brent saltó a 80,13 dólares antes de cerrar cerca de 78, y el WTI subió a 74,35 dólares, el mayor incremento diario desde mayo 1.
Pero el conflicto no se libra solo en Oriente Próximo. En el flanco oriental de Europa, la guerra de Ucrania sigue reescribiendo las reglas de la energía. Rusia prohibió las exportaciones de diésel a partir del 8 de julio , una medida desesperada para contener una crisis de combustible que afecta a más de 50 de sus 83 regiones, tras los ataques ucranianos con drones contra sus refinerías. La decisión de Moscú agrava la presión sobre los mercados energéticos globales, ya tensos por el cierre virtual del estrecho de Ormuz.