El mundo despertó el miércoles con una certeza amarga: el frágil alto el fuego entre Estados Unidos e Irán ya es historia. El petróleo Brent superó los 78 dólares por barril 1 mientras Washington lanzaba más de 80 ataques de precisión contra objetivos iraníes 2, y Teherán respondía golpeando 85 instalaciones militares estadounidenses en Bahréin y Kuwait 7. Lo que comenzó como una escalada contenida en el estrecho de Ormuz se ha transformado en un conflicto abierto que ningún bando parece dispuesto —o capaz— de desescalar.
Pero el tablero global no se reduce al Golfo. Mientras millones de dolientes acompañan el féretro del ayatolá Jamenei en una procesión que cruza Irán e Irak 3, la economía mundial recibe su propia sentencia: el FMI recortó su pronóstico de crecimiento global al 3% para 2026, citando precisamente el conflicto en Medio Oriente y su impacto en los mercados energéticos 10. La inteligencia artificial, ese comodín tecnológico que según el Fondo "compensa parcialmente" los vientos en contra, no puede fabricar petróleo ni estabilizar cadenas de suministro.
Mientras tanto, China aprovecha la distracción. El lunes, Pekín lanzó un misil balístico desde un submarino nuclear en el Pacífico —su primera prueba de este tipo desde 1982 46—, un recordatorio de que la competencia estratégica en Asia no se ha congelado. La condena regional fue inmediata, pero el mensaje ya había llegado: mientras Occidente se quema, otros rearman sus arsenales.
En este paisaje de guerra y recesión incipiente, los gestos simbólicos chocan con la realidad. La visita de Emmanuel Macron a Damasco, empañada por explosiones que hirieron a 18 personas cerca de su hotel , ilustra la dificultad de hacer diplomacia cuando el suelo tiembla. Y en Cuba, un apagón nacional que sumió a 9,6 millones de personas en la oscuridad recuerda que la fragilidad energética no es privilegio exclusivo de las zonas de guerra.