La Copa del Mundo de 2026 terminó con España levantando el trofeo, pero el verdadero marcador no se escribió en el césped del MetLife Stadium, sino en los despachos donde el poder político, el dinero y la influencia decidieron qué reglas se aplican y a quién. El torneo de los récords —6.5 millones de espectadores y 15 mil millones de dólares en ingresos 4— también será recordado como el momento en que el fútbol internacional perdió su última pretensión de imparcialidad.
El caso que lo demuestra es la tarjeta roja de Folarin Balogun. Noruega, con la valentía que ya mostró Lise Klaveness al criticar la entrega del Mundial a Catar, ha anunciado que llevará el caso ante el Comité de Ética de la FIFA 2. Los hechos son claros: Balogun fue expulsado, la sanción fue anulada después de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, llamara por teléfono a Gianni Infantino. La federación noruega acusa a la FIFA de "poner en riesgo todo el juego" al doblegar sus propias reglas ante una llamada presidencial. Esto no es una interpretación; es una alegación respaldada por la decisión administrativa de anular una sanción disciplinaria sin que mediara apelación formal ni revisión independiente.
El principio que aquí se vulnera es elemental: las reglas de un torneo deben aplicarse por igual a todos los participantes, sin importar el pasaporte del jugador ni el tamaño del mercado televisivo del país. La FIFA ha construido su legitimidad sobre la ficción de que el fútbol está por encima de la política. Cuando Infantino atiende el teléfono de Trump y la sanción desaparece, esa ficción se derrumba. No es una acusación: es la consecuencia lógica de los hechos verificados.
Y mientras tanto, la CONMEBOL presiona para que el Mundial de 2030, el del centenario, tenga 64 equipos 3. Más equipos significa más partidos, más ingresos, más poder para los federativos que deciden el formato. Nadie pregunta si más equipos mejora el torneo o simplemente diluye la competencia para acomodar intereses geopolíticos. La lógica es la misma: el crecimiento del negocio justifica cualquier concesión.
El contraste con la derrota argentina es revelador. Mientras la AFA enfrenta una investigación federal en Estados Unidos por los manejos financieros de TourProdEnter LLC 6 —un caso del que aún no hay cargos formales, solo informes contradictorios y negaciones—, Lionel Messi se despide del fútbol internacional con el galardón individual de mejor jugador del torneo . La paradoja es amarga: el mejor jugador del Mundial pertenece a una federación bajo investigación, mientras el presidente de la FIFA recibe llamadas de jefes de Estado para anular sanciones.