La derrota de Argentina ante España en la final del Mundial 2026 no fue solo un partido perdido. Fue el final de una narrativa que el fútbol, con su cruel indiferencia hacia los guiones, se negó a escribir. España ganó 1-0 con un gol de Ferran Torres en el minuto 106 5, y Argentina no registró un solo disparo a puerta hasta el minuto 116 1. La estadística es brutal, pero no cuenta la historia completa.
La imagen emblemática no fue el gol, sino la ausencia. Lionel Messi, a sus 39 años, no viajó con la delegación de regreso a Buenos Aires. Tomó un jet privado desde Miami hasta Rosario, evitando la recepción oficial en Ezeiza 10. Mientras miles de hinchas desafiaban el frío y la lluvia para agradecer a los subcampeones 2, el capitán ya estaba en casa. No hubo gesto de desdén, sino de una intimidad que el deporte de masas rara vez permite: el duelo, en silencio, sin cámaras.
Pero el fútbol es también lo que ocurre fuera del campo. Mientras Argentina procesaba la derrota, la política del deporte se movía en otra dirección. Alejandro Domínguez, presidente de Conmebol, propuso expandir el Mundial de 2030 a 64 equipos 3, una idea que Javier Tebas, presidente de LaLiga, calificó como parte de una deriva que, según él, justifica pedir la renuncia de Gianni Infantino 4. El contraste es revelador: en el mismo instante en que millones celebraban en Madrid 8 y la familia real española asistía unida al partido 9, los administradores del juego discutían cómo diluirlo.