España regresa a una final del Mundial 16 años después, tras una victoria impecable sobre Francia 1610. Argentina, en cambio, llega con un gol en el tiempo de descuento y una bandera que no es de tela sino de litigio 4812. El 19 de julio, en el MetLife Stadium, se enfrentarán dos maneras de entender el fútbol — y dos maneras de entender el poder.
Pero antes del pitido final, conviene detenerse en lo que ocurrió en las gradas y en las redes. La senadora paraguaya Celeste Amarilla llamó a Kylian Mbappé “camarunés colonizado” y dijo que “chupaba cocos en vez de la leche de su madre” 2. No fue un exabrupto aislado: fue la expresión pública de un racismo estructural que el fútbol global tolera cuando el agresor viste traje. La condena internacional fue unánime, pero el incidente revela algo más profundo: el deporte sigue siendo un escenario donde los cuerpos negros son celebrados como espectáculo y degradados como personas. Mbappé, hijo de inmigrante camerunés y argelina, es el mejor jugador del mundo; para Amarilla, sigue siendo un colonizado que no merece ganarle a Paraguay. La diferencia entre el aplauso y el insulto es, a menudo, el marcador.
Mientras tanto, la FIFA prepara una ceremonia de clausura con Robbie Williams, Tom Cruise y un streamer 11, y estudia sancionar a Argentina por el gesto de los jugadores al exhibir una pancarta con la leyenda “Las Malvinas son argentinas” . La organización prohíbe los mensajes políticos en el campo, pero no tiene código para los mensajes racistas de un senador. La inconsistencia no es casual: revela qué tipo de política incomoda al poder y cuál le resulta funcional.