La Copa del Mundo de 2026, concebida como una fiesta compartida entre tres naciones, ha perdido a sus anfitriones en la misma ronda, y sin embargo, el torneo no se ha quedado sin alma. Lo que podría haber sido un vacío sentimental se ha llenado con una de esas jornadas que justifican por qué el fútbol, en su esencia, es un arte de la memoria y la resistencia.
La eliminación de Estados Unidos, Canadá y México en los octavos de final 6 no es solo una estadística; es un espejo que devuelve la imagen de un proyecto deportivo aún en construcción. La selección estadounidense, que llegó a este Mundial con la ilusión de un país anfitrión y una audiencia récord de 36.2 millones de espectadores 4, se despidió con una goleada 4-1 ante Bélgica 49. El debate sobre si esto es estancamiento o progreso 10 es legítimo, pero la realidad es que el fútbol no concede medallas por la intención. La polémica intervención del presidente Trump para levantar la suspensión de Balogun 9 añadió un capítulo de ruido político a un equipo que, sobre el césped, no encontró la claridad necesaria.
Pero mientras los anfitriones se despedían, el Mercedes-Benz Stadium de Atlanta fue testigo de una remontada que ya es leyenda. Argentina, defensora del título, estaba al borde del abismo, perdiendo 0-2 ante Egipto hasta el minuto 77 13. Lo que ocurrió después fue un vendaval: tres goles en trece minutos que no solo voltearon el marcador, sino que reescribieron la narrativa de un equipo que parecía agotado. Sin embargo, la gesta deportiva viene acompañada de un nubarrón. La denuncia formal de la Federación Egipcia contra el árbitro François Letexier y las declaraciones de su técnico clamando injusticia empañan la hazaña. ¿Fue épica o favor arbitral? La verdad, como casi siempre, estará en el ojo de quien mira, pero el resultado es inapelable: Argentina sigue viva.