El 2026 quedará en la memoria del fútbol como el Mundial de los anfitriones caídos, pero también como el torneo donde la política se sentó en el banquillo. La eliminación simultánea de Estados Unidos, México y Canadá en octavos de final 7 no es solo una estadística: es la crónica de una ilusión rota que expone las grietas de un deporte que, en su expansión global, a veces olvida que el césped no perdona jerarquías. Bélgica, con la precisión quirúrgica de Charles De Ketelaere, desmontó al anfitrión estadounidense en Seattle 15, mientras que México sucumbió ante la resistencia de Inglaterra en el Azteca 3 y Canadá se despidió sin gloria. Tres países, tres estilos, un mismo destino: la frontera de los octavos.
Pero lo que trasciende el marcador es lo que ocurrió antes del pitido inicial. La llamada de Donald Trump a Gianni Infantino para revisar la roja a Folarin Balogun 211 no es un simple gesto de apoyo patriótico; es una interferencia que mancha la credibilidad del torneo. Que un jefe de Estado intervenga directamente en una sanción disciplinaria, y que FIFA ceda, abre un precedente peligroso. El fútbol, que se jacta de su autonomía, mostró su costado más vulnerable: cuando el poder político llama, el balón se detiene. La suspensión de la sanción, horas antes del partido decisivo, generó un debate que va más allá de si Balogun merecía jugar o no. Es la pregunta incómoda sobre quién gobierna realmente el deporte rey.
Mientras tanto, en el terreno de juego, las leyendas escriben sus últimos capítulos. Lionel Messi, con su gol número 20 en Mundiales, volvió a cargar a una Argentina que depende de él como un náufrago de su tabla de salvación 4. El 3-2 ante Cabo Verde, en tiempo extra, fue más un síntoma que una victoria: la defensa del título cojea. Cristiano Ronaldo, por su parte, se despidió con un récord histórico —seis Mundiales con gol— pero sin el trofeo que persiguió toda su vida . España, con un cabezazo de Mikel Merino en el minuto 91, le cerró la puerta a Portugal y a la última oportunidad del astro luso . Dos genios, dos caminos que se bifurcan: uno sigue en pie, tambaleante; el otro se retira con la frente en alto, aunque sin la copa.