La muerte de monseñor Antonio Camilo, obispo emérito de La Vega, a los 88 años y tras 64 años de sacerdocio 1, cierra un capítulo de la Iglesia católica dominicana que entendió la fe como un servicio público concreto, no como un gesto ritual. Camilo no fue un prelado de escritorio: en 1994 medió en la liberación de rehenes durante una crisis en la embajada de Japón, y en 2016 encabezó una marcha contra la corrupción que movilizó a miles de fieles. Su figura obliga a preguntarse qué tipo de presencia pública están construyendo hoy las instituciones religiosas en el país.
El mismo día del fallecimiento de Camilo, en Santo Domingo Norte se inauguró el templo cristiano más grande del Caribe, con capacidad para más de 7.000 personas, bajo la dirección del Ministerio Internacional Monte de Dios Horeb y con la presencia del presidente Luis Abinader 2. El contraste no es menor. Donde Camilo operaba desde la estructura diocesana y la mediación política directa, la megiglesia de los pastores Miguel y Montserrat Bogaert representa un modelo evangélico de influencia basado en el tamaño institucional, la visibilidad urbana y la cercanía al poder ejecutivo. Ambas formas de presencia pública son legítimas, pero responden a lógicas distintas: una institucional y negociadora; otra corporativa y celebratoria.
Mientras tanto, en París, la Gran Mezquita celebró su centenario como símbolo de diálogo interreligioso y recordatorio del pasado colonial francés 3. La mezquita fue construida para honrar a los soldados musulmanes de las colonias que murieron en la Primera Guerra Mundial. Hoy, en un contexto de tensiones sobre la laicidad y la identidad nacional, su existencia misma es un testimonio de que la religión no puede separarse de la historia política de un país. La lección es aplicable a República Dominicana: la fe no opera en un vacío, sino que se inserta en tramas de poder, memoria y cambio social.
Tres eventos, tres escalas, una misma pregunta: ¿cómo deben las instituciones religiosas ejercer su influencia en una democracia? La trayectoria de Camilo sugiere que la autoridad moral se gana con acciones concretas y riesgo personal, no con edificios ni fotos oficiales. La megiglesia sugiere que el tamaño y la alianza con el Estado son caminos viables. La mezquita parisina recuerda que el tiempo desgasta los símbolos si no se renuevan con propósito.
La consecuencia que importa al lector es esta: la transición de un liderazgo religioso de mediación a uno de espectáculo y alianzas políticas no es neutral. Si la fe pública se reduce a inauguraciones y bendiciones presidenciales, se pierde la capacidad de incomodar al poder. Y sin esa incomodidad, la religión deja de ser un contrapeso para convertirse en un adorno. El legado de Camilo es precisamente lo contrario: un recordatorio de que la fe, cuando es pública, debe estar dispuesta a marchar, a mediar y a rendir cuentas ante la historia, no solo ante el presente.