La 36ª cumbre de la OTAN en Ankara, lejos de proyectar la imagen de unidad que la alianza militar busca tradicionalmente, ha servido como un espejo de las fracturas que atraviesan el orden transatlántico. Lo que ocurre en la capital turca no es una reunión de socios, sino un escenario donde cada líder llega con su propia agenda de supervivencia política, y donde el multilateralismo parece un decorado que ya nadie se esfuerza en mantener.
El primer plano lo ocupa, inevitablemente, Donald Trump. El presidente estadounidense ha llegado a Ankara declarando que solo acude por su amistad con Erdogan 4, mientras reparte críticas a los aliados europeos por no secundar su ofensiva en Irán 8 y revive su vieja obsesión con Groenlandia, desafiando la soberanía danesa 5. No es una postura negociadora; es una declaración de que la alianza vale lo que cada miembro esté dispuesto a cederle personalmente. En paralelo, ha escalado su disputa pública con la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, a quien ha ridiculizado en redes sociales 7, demostrando que ni siquiera los líderes de la derecha europea, sus aliados ideológicos naturales, están a salvo de su desprecio.
Frente a este vendaval, Ucrania intenta capitalizar la cumbre. Volodímir Zelenski ha centrado sus gestiones en obtener más sistemas Patriot y licencias de producción 1, una petición vital pero que choca con la realidad de que Washington está más interesado en reñir a sus aliados que en armar a Kiev. La vulnerabilidad de Ucrania a los misiles rusos es un dato objetivo, pero en esta cumbre se ha convertido en un asunto secundario, eclipsado por las disputas internas.
Mientras tanto, en el flanco europeo, dos procesos políticos paralelos revelan la fragilidad de las democracias liberales. En Francia, Marine Le Pen ha anunciado su candidatura presidencial para 2027 6, después de que un tribunal redujera su inhabilitación y le permitiera postularse, aunque con una condena firme por malversación de fondos europeos . La justicia ha hablado, pero la política ha encontrado la manera de sortearla. En el Reino Unido, Nigel Farage ha renunciado a su escaño para forzar una elección parcial, en medio de un escándalo de donaciones no declaradas , mientras Andy Burnham se prepara para asumir el cargo de primer ministro en medio de un intenso debate sobre el rumbo del país . La alternancia en el poder, en ambos casos, no parece responder a un debate de ideas, sino a la erosión constante de las instituciones.