Pepita Bernat sopló 107 velas el 15 de julio en el restaurante Divine de Barcelona, rodeada de familiares, amigos y drag queens. “Estoy espléndida”, declaró a EFE, y la frase no era un cumplido cortés sino un parte médico de una vitalidad que desafía cualquier estadística. La celebración fue una sorpresa organizada por sus parientes, pero lo que parecía una anécdota entrañable es en realidad una declaración sobre cómo comemos, cómo envejecemos y qué elegimos celebrar.
La escena tiene capas que merecen desmenuzarse. Por un lado, está el escenario: un restaurante. Por el otro, los protagonistas: una supercentenaria y artistas del transformismo. No hay receta de la abuela ni plato tradicional rescatado del olvido. Hay un acto de comunidad elegida, donde la familia sanguínea y la familia performática se sientan a la misma mesa. La comida no es aquí el vehículo de la memoria, sino el pretexto para la alegría presente. Pepita no está reviviendo su infancia a través de un guiso; está celebrando que sigue aquí, y lo hace con el espectáculo visual y sonoro de una generación que no es la suya.
Este gesto contrasta con la narrativa dominante sobre la alimentación y la longevidad. Mientras Pepita celebra con drag queens, Pilar Rubio, a sus 48 años, declaró a ABC que su rutina de fitness es “fundamental, no estético sino de salud”, y que elimina el dolor crónico. Rubio entrena cuatro horas semanales y prioriza la fuerza. Son dos modelos de envejecimiento: uno que disciplina el cuerpo para que dure, otro que lo entrega al placer del instante. No hay contradicción, sino dos respuestas a la misma pregunta: ¿para qué queremos vivir más?
La respuesta de Pepita es política en su simpleza. Al elegir un restaurante y no una residencia, al rodearse de drag queens y no solo de nietos, afirma que la vejez no tiene por qué ser un retiro silencioso. Es una forma de agencia que rara vez se reconoce en los debates sobre nutrición o cuidados geriátricos. La comida, en este caso, no es medicina ni tradición: es fiesta.
El tradeoff que queda sobre la mesa es incómodo. Podemos alargar la vida con suplementos, ejercicio y restricciones calóricas, como sugiere el discurso del wellness. O podemos llenarla de momentos que no pasan por el cálculo de la salud, como hizo Pepita. La pregunta que el lector debe responder no es cuántos años quiere vivir, sino con qué tipo de celebración quiere llenarlos. La respuesta, probablemente, no esté en ninguna receta.