La evidencia es ya incontestable: el calor extremo mata. Un estudio de Imperial College London, la Oficina Meteorológica y la Escuela de Londres de Higiene y Medicina Tropical estima que al menos 2.700 personas murieron por causas relacionadas con el calor durante las olas de mayo y junio en Inglaterra y Gales 2. Son 550 fallecidos entre el 21 y el 29 de mayo, y casi 2.200 entre el 18 y el 28 de junio. No son proyecciones: son cuerpos contados.
La escala del problema es global y simultánea. Mientras el Reino Unido registraba esas cifras, París veía cómo la Torre Eiffel, el Louvre y el Museo de Orsay recortaban su horario ante temperaturas cercanas a los 40 °C 8. Roma, por su parte, estudia convertir sus catacumbas y túneles antiguos en refugios climáticos 7. Son medidas de emergencia, no de planificación.
La fuente de esta información es el análisis epidemiológico publicado por las instituciones británicas, que cruza datos de mortalidad con registros térmicos. Su metodología es sólida, pero tiene una limitación clave: subestima el impacto real, ya que no captura muertes atribuibles al calor en personas con patologías preexistentes donde el calor fue un factor contribuyente, no la causa directa. Es decir, la cifra real es casi con certeza mayor.
Expertos en salud pública consultados por diversos medios coinciden en que estas muertes son prevenibles con sistemas de alerta temprana, vivienda adecuada y espacios frescos accesibles. Pero la respuesta institucional sigue siendo reactiva: cerrar museos, buscar cuevas.
Las consecuencias son políticas y económicas. En Colombia, el fenómeno de El Niño ha llegado tres meses antes de lo previsto, con un 63% de probabilidad de ser muy intenso, y el margen entre oferta y demanda energética ya es negativo (-2,3%) 1. No hay reserva para contingencias. Un apagón inminente no es una hipótesis: es una advertencia con datos.
Mientras tanto, en Estados Unidos, la administración Trump ha revocado una protección clave de la Ley de Especies en Peligro de Extinción que durante 50 años prohibía destruir hábitats críticos . La nueva norma redefine el "daño" para excluir la degradación del hábitat. Es decir, se legaliza la destrucción ecológica en nombre de la desregulación.