El cine de gran presupuesto lleva tiempo librando una batalla que no aparece en la taquilla. Christopher Nolan ha ganado esa guerra con The Odyssey, cuyos 264 millones de dólares en su fin de semana de estreno 1 no son solo una cifra: son un veredicto. Que una película clasificación R, de tres horas de duración y con un presupuesto de 250 millones, ya haya recuperado su inversión antes de cumplir su segunda semana en cartelera sugiere algo más que una buena campaña de marketing. Sugiere que el público sigue hambriento de espectáculo con peso, de imágenes que no se ven en una tablet. El dato de IMAX —52 millones de dólares provenientes de menos del 1% de las pantallas— es la prueba forense: la gente pagó para ser empequeñecida, para sentirse parte de algo que no cabe en una sala de estar.
Pero el cine no existe en una burbuja, y la cultura del entretenimiento sí tiene paredes. Mientras Nolan demuestra que el cine de autor con presupuesto industrial puede ser rentable, el resto de la industria se distrae con pleitos que apenas rozan el arte. La cancelación del concierto homenaje a Rosalía en Córdoba 2, provocado por un TikTok compartido que celebraba la victoria de España sobre Argentina en el Mundial, es un recordatorio incómodo de que el algoritmo premia el gesto impulsivo y castiga al artista que lo ejecuta. La reacción fue desproporcionada, pero previsible: en la era de la indignación instantánea, una cantante no puede permitirse un desliz patriótico sin que el público lo convierta en un pleito diplomático.
Mientras tanto, la saga familiar de Brad Pitt y Angelina Jolie añade un capítulo más: Vivienne Jolie-Pitt, la cuarta de seis hijos, ha solicitado eliminar el apellido paterno de su nombre legal 3. No es una noticia sobre cine, pero sí sobre cómo el mito de Hollywood se desmorona en los juzgados de Los Ángeles. La distancia entre la épica de Nolan y estas rencillas domésticas es la misma que separa una obra maestra de un expediente judicial.
En el terreno del entretenimiento masivo, el anuncio de la biopic de Raphael en Netflix 4 y la confirmación de que Bunker, con Penélope Cruz y Javier Bardem, competirá por el León de Oro en Venecia 9 ofrecen un contrapunto de calidad. Florian Zeller, director de The Father, sabe construir tensión en espacios cerrados; una historia sobre un arquitecto que construye un búnker de lujo para su familia tiene el potencial de ser la parábola que necesitamos sobre el privilegio y el miedo. Pero que Bardem y Cruz lleguen a Venecia no borra el hecho de que la industria española sigue exportando talento mientras aquí se cancelan conciertos por un TikTok.
La pregunta que queda flotando no es si The Odyssey llegará a los mil millones —es casi seguro—, sino qué dice su éxito sobre el resto del ecosistema. Cuando una película de arte y ensayo con explosiones arrasa, y al mismo tiempo un certamen de belleza como Miss Universo vuelve a Puerto Rico 8 con la misma pompa de siempre, el contraste es brutal. El público quiere grandeza, pero también quiere drama barato. El tradeoff no es nuevo, pero la velocidad a la que pasamos de la épica a la trifulca es cada vez más vertiginosa. La decisión que importa no es si ir a ver la película de Nolan, sino si el ruido de las redes nos dejará escuchar lo que realmente importa.