El 17 de julio de 2026, Christopher Nolan estrena La Odisea, la primera película rodada íntegramente con cámaras IMAX de 70 mm, con un presupuesto de 250 millones de dólares y un metraje de 172 minutos 19. La noticia no es solo un hito técnico: es la declaración más ambiciosa de un cineasta que lleva dos décadas librando una batalla contra la obsolescencia digital. Pero mientras Nolan apuesta por el celuloide como vehículo de épica homérica, el resto de la industria se mueve en direcciones muy distintas — y esa tensión define el momento.
La decisión de rodar La Odisea en IMAX analógico no es un capricho estético. Nolan ha construido su carrera sobre la premisa de que el formato físico impone una disciplina que lo digital no puede replicar: planos más largos, menos cortes, una relación distinta con el tiempo y el espacio. Que elija la Odisea de Homero —un viaje de diez años contado en menos de tres horas— sugiere que busca traducir esa experiencia de duración y extravío a un medio que, por su propia naturaleza, obliga al espectador a habitar el instante. El reparto, encabezado por Matt Damon, Tom Holland, Anne Hathaway, Robert Pattinson y Lupita Nyong'o 9, sugiere además que Nolan ha logrado lo que pocos: reunir estrellas de taquilla para un proyecto que, en cualquier otro estudio, sería considerado una apuesta de riesgo.
Pero el contraste con otros eventos de la semana revela un paisaje más complejo. Mientras Nolan defiende el celuloide, Alejandro G. Iñárritu presenta Digger, con Tom Cruise transformado en un magnate petrolero cuya codicia desata una catástrofe ecológica 5. La película se anuncia como una «comedia de catástrofes», un género que Iñárritu ha explorado antes con ironía corrosiva. Si Nolan mira hacia el pasado para encontrar el futuro del cine, Iñárritu mira al presente —y lo que ve es una crisis climática que solo la sátira puede abordar sin caer en la solemnidad.
Y luego está el reconocimiento a Ellen Burstyn, que recibirá el León de Oro a la trayectoria en el Festival de Venecia a sus 93 años . Burstyn representa una tradición actoral que ya casi no existe: la del intérprete que trabajó con Scorsese, Aronofsky y Polanski, que ganó un Oscar por y que, a su edad, sigue aceptando papeles que desafían el estereotipo de la ancianidad. El director del festival, Alberto Barbera, la ha calificado como «una intérprete internacional» , pero el verdadero significado de su homenaje es otro: es el reconocimiento a una generación que construyó el cine moderno con recursos que hoy parecen arcaicos —ensayos, rodajes en locación, una relación más lenta con el oficio.