La semana pasada, dos millones de familias dominicanas empezaron a contar los días para el 24 de agosto, cuando arranque el ciclo escolar 2026-2027 1. Mientras el Ministerio de Educación afina infraestructura y mobiliario, en México otra historia educativa se desarrolla en pantallas: la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) aplicó su primer examen de admisión completamente en línea, y los resultados han encendido todas las alarmas 2.
El problema no es la tecnología en sí. Es lo que la tecnología revela. El analista independiente Luis Ángel Maciel Barón detectó anomalías estadísticas en la distribución de puntajes y, como consecuencia, los puntajes de corte para las carreras más demandadas se dispararon 2. La interpretación más probable, aunque no confirmada por la UNAM, es que un número significativo de aspirantes obtuvo ayuda externa durante la prueba —desde respuestas compartidas en tiempo real hasta suplantación de identidad—, lo que infló artificialmente los resultados de quienes tuvieron acceso a esos recursos.
Aquí está el tradeoff que ningún comunicado oficial resuelve: la UNAM buscaba democratizar el acceso eliminando el desplazamiento físico y los costos de traslado, una barrera real para miles de jóvenes de zonas marginadas. Pero al trasladar el examen al hogar de cada estudiante, la institución trasladó también la responsabilidad de la vigilancia a la conciencia individual y, sobre todo, a la infraestructura digital de cada familia. Quien tiene una conexión estable, un espacio silencioso y, eventualmente, un cómplice informático, parte con ventaja.
No se trata de satanizar la modalidad en línea. La pandemia demostró que la educación remota es posible y necesaria en contextos de emergencia. Pero la admisión a la universidad pública no es un curso cualquiera: es un filtro de movilidad social. Cuando ese filtro se vuelve permeable al capital social y tecnológico, el mérito académico deja de ser el único criterio. La evidencia disponible —las anomalías en la distribución de puntajes— sugiere que eso ocurrió.
En el plano internacional, Buenos Aires fue reconocida como la mejor ciudad de América Latina para estudiantes universitarios, aunque cayó al puesto 35 global por el deterioro en el indicador de asequibilidad 3. La calidad académica de sus universidades sigue siendo el ancla, pero el costo de vida erosiona esa ventaja. Es la misma tensión que enfrenta la UNAM: la excelencia no basta si el acceso se vuelve un privilegio.