La secuencia sísmica que ha sacudido a los Andes y el Caribe en agosto no es un capricho tectónico, sino una prueba de estrés para los sistemas de protección civil de la región. El terremoto de magnitud 7,4 que golpeó Colombia el 10 de agosto, con un saldo de al menos 329 muertos y 247 desaparecidos según el balance de la UNGRD, comparte una misma lección con el sismo de magnitud 7,2 que llevó a Perú a declarar la emergencia en cinco distritos de Ayacucho 12: la diferencia entre un desastre y una crisis manejable no la determina la magnitud del evento, sino la vulnerabilidad acumulada antes de que ocurra.
Colombia ofrece el contraste más revelador. El sismo afectó a 481 municipios en 16 departamentos y dañó más de 171.000 viviendas 112. Esa cifra no mide solo la intensidad del movimiento, sino décadas de informalidad urbana y ausencia de códigos de construcción efectivos en zonas de alto riesgo. La respuesta del sector privado, que movilizó ayuda a través de la Fundación Con Cora con una donación de un millón de dólares de Karol G y un concierto benéfico que recaudó cerca de 2,8 millones de dólares 312, evidencia una realidad incómoda: la filantropía está supliendo funciones que deberían corresponder a la planificación estatal y a un sistema de seguros de catástrofe.
El caso venezolano ilustra el costo de la demora. Dos meses después del doble terremoto del 24 de junio, con un saldo oficial de 6.509 muertos y más de 17.000 personas en refugios temporales, el gobierno de Delcy Rodríguez apenas firma una nueva ley de vivienda 5. La reconstrucción no es un evento, es un proceso que exige capacidad institucional sostenida; cada mes de retraso multiplica el sufrimiento y el gasto futuro.
La comparación internacional refuerza el argumento. En Nepal, un deslizamiento de tierra que desencadenó una inundación repentina en el río Bhote Koshi dejó al menos 16 muertos y 384 desaparecidos, incluidos 291 extranjeros 69. La destrucción de carreteras, puentes y proyectos hidroeléctricos en Rasuwa, Nuwakot y Dhading no es solo una tragedia humanitaria: es el colapso de infraestructura crítica que tardará años en reponerse. Mientras tanto, en Granada, España, un enjambre sísmico de baja magnitud mantiene en vilo a los residentes, sin daños mayores pero con la incertidumbre como factor de desgaste 4.
El fuego añade otra dimensión al problema. El incendio Hawk Fire cerca de Reno, Nevada, ha obligado a evacuar a 42.000 personas y mantiene a otras 45.000 en alerta 7. En Colombia, los incendios en Tolima han consumido más de 30.000 hectáreas, y el gobierno alega que algunos fueron provocados deliberadamente por grupos criminales 8. La intencionalidad, si se confirma, transforma el desastre natural en un acto de sabotaje que exige una respuesta penal, no solo de emergencia.
El caso de Berrocal, en Huelva, donde el incendio de Niebla afectó al 90% del término municipal y el alcalde pide auxilio institucional para evitar la desaparición del municipio 11, condensa la fragilidad de los pequeños núcleos rurales ante eventos que superan su capacidad local. Y el incendio en el hospital PIMS de Islamabad, que mató a al menos 14 recién nacidos por la explosión de un compresor de aire acondicionado 10, recuerda que la infraestructura crítica de salud es tan vulnerable como las viviendas.
La decisión que importa ahora no es cuánto se recauda en conciertos benéficos, sino si los gobiernos convertirán esta secuencia de eventos en políticas de reducción de riesgo: códigos de construcción, ordenamiento territorial, sistemas de alerta temprana y fondos de reconstrucción previamente asignados. Colombia transita de la respuesta a la reconstrucción 1; la pregunta es si esa transición será planificada o improvisada. La próxima sacudida no avisará.
