La semana que termina no fue una sucesión de desastres aislados, sino la demostración simultánea de una misma verdad: el terremoto no mata; la vulnerabilidad, sí. Desde Ayacucho hasta Flores, pasando por Chocó y Nevada, los eventos sísmicos y climáticos de los últimos diez días comparten un patrón que debería incomodar a los planificadores: la diferencia entre un sismo que sacude y uno que destruye no la decide la magnitud, sino la calidad de la infraestructura, la velocidad de la respuesta y la capacidad del Estado para llegar antes que el agua o el fuego.
El caso colombiano es el más elocuente. El terremoto del 10 de agosto, de magnitud 7,4, ha dejado al menos 329 muertos y 247 desaparecidos, con daños en más de 171.000 viviendas repartidas en 481 municipios 2. No es el sismo más fuerte registrado en el país, pero sí el más letal en un cuarto de siglo. La diferencia entre un evento y otro no es geológica: es la precariedad constructiva de las zonas afectadas y la lentitud de una transición que recién ahora pasa de la emergencia a la reconstrucción 2. Mientras tanto, la respuesta filantrópica —la promesa de Shakira de reconstruir la Universidad Tecnológica del Chocó y diez escuelas 3— llena un vacío que debería ocupar la política pública, no la caridad de celebridades.
En Perú, la declaración de emergencia en cinco distritos de Ayacucho tras el sismo de 7,2 del jueves 1 sigue la misma lógica: el Estado reacciona después del colapso, no antes. Y en Indonesia, el terremoto de Flores, de magnitud 7,7, que mató al menos a 73 personas y desplazó a cerca de 60.000 4, confirma que la capacidad de evacuación y la calidad de las viviendas son las variables que separan una tragedia de un susto.
Pero no todo es tectónica. El fuego y el agua también exponen la fragilidad institucional. El incendio Hawk Fire, cerca de Reno, Nevada, ha obligado a evacuar a 42.000 personas y mantiene a otras 45.000 en alerta, con 0% de contención 12. En Bélgica, el mayor incendio en un siglo, en la reserva natural de High Fens, requirió siete días y asistencia internacional para ser controlado 7. Y en Colombia, los incendios en Tolima han quemado más de 20.000 hectáreas mientras el gobierno investiga las causas 9. En paralelo, la tormenta tropical Lala dejó inundaciones y cortes de energía en Hawái sin siquiera tocar tierra 8, y las lluvias en Venezuela —impulsadas por la Onda Tropical 40— dejaron seis desaparecidos y más de 150 viviendas dañadas en Caracas, Miranda y Aragua 11.
La comparación entre jurisdicciones es instructiva. Granada, España, lleva diez días de enjambre sísmico con temblores de magnitud 2,2 y 2,4 que la población siente pero que no generan daños 5; un sismo de 4,0 en La Guaira, Venezuela, tampoco causó daños mayores 6. En ambos casos, la amenaza fue baja porque la vulnerabilidad también lo era. No es la naturaleza la que decide: es la preparación.
La pregunta que queda sobre la mesa, y que ningún gobierno ha respondido con claridad, es cuándo se empezará a tratar la reconstrucción como una inversión en resiliencia y no como un gasto de emergencia. La próxima decisión no es si reconstruir, sino cómo: con los mismos estándares que produjeron 171.000 viviendas dañadas en Colombia, o con códigos que reconozcan que el próximo sismo no es una posibilidad, sino una certeza.
