La tierra se movió esta semana en tres continentes y la cifra que debería guiar nuestra lectura no es la magnitud de los sismos, sino la distancia entre el aviso científico y la respuesta institucional. Colombia, Indonesia y España registraron terremotos entre el 10 y el 15 de agosto 12511, mientras Europa ardía y un volcán cerraba un aeropuerto 810. No son eventos aislados: son la misma lección repetida a distintas escalas.
Empecemos por el límite de la ciencia. El terremoto de magnitud 7,4 en San José del Palmar, Chocó, fue el más fuerte en Colombia en un siglo 9. Su origen es la subducción de la placa de Nazca, un proceso geológico conocido y monitoreado 6. Pero conocer el mecanismo no equivale a predecir el instante: ningún sistema alertó con antelación útil a los habitantes de Cali, Pereira o Manizales. Lo mismo ocurrió con el sismo de 7,7 en Flores, Indonesia, donde la alerta de tsunami se activó y luego se levantó 211. La sismología puede decirnos dónde, no cuándo; y esa incertidumbre estructural debería gobernar el diseño de la infraestructura, no la retórica de la emergencia.
La infraestructura, precisamente, es donde la evidencia se vuelve incómoda. En Colombia, el colapso de un edificio de cuatro pisos en Cali mató a los padres y las hermanas trillizas de Ana María Saavedra Caicedo, la única sobreviviente de su familia 12. Es un caso individual, pero se inscribe en un patrón verificable: los reportes oficiales contabilizan edificios derrumbados en Cali, Pereira, Manizales y Quibdó 9. Un sismo de 7,4 a 100 kilómetros de profundidad no debería tumbar construcciones modernas; que lo haya hecho es una medida de la brecha entre el código sísmico y su aplicación. En Indonesia, la destrucción fue extensa en una región acostumbrada a temblar 211. En Granada, un sismo de magnitud 5 causó daños materiales sin heridos 5: la escala menor no debería tranquilizarnos, sino recordarnos que la vulnerabilidad es proporcional a la preparación, no a la magnitud.
Aquí aparece la falla de gobernanza. El terremoto de Venezuela del 24 de junio, de magnitudes 7,2 y 7,5, ha dejado un saldo oficial de 6.301 muertos y 73.356 personas tratadas en hospitales 3. Pero el número de desaparecidos es disputado, y esa disputa no es un detalle administrativo: es la diferencia entre una gestión de la emergencia y una gestión de la narrativa. Sin un conteo independiente, la asignación de recursos, la búsqueda de cuerpos y la rendición de cuentas quedan secuestradas por la política. La cifra de Colombia, que subió de 132 a 281 muertos en días 169, muestra que los números iniciales son provisionales; la opacidad venezolana muestra que pueden volverse permanentes.
La exposición es la variable que nadie controla del todo. En China, el tifón Dolphin obligó a evacuar a 1,6 millones de personas tras batir récords de lluvia en Shanghái 7. En Europa, los incendios de Francia, España, Grecia e Italia han forzado evacuaciones masivas y dañado la agricultura en una temporada que los científicos vinculan al cambio climático 8. El Etna lleva siete días cerrando Catania, con más de 1.000 vuelos cancelados y 100.000 pasajeros afectados 10. No hay muro que detenga un tifón ni un volcán; hay sí, sistemas de alerta, planes de evacuación y códigos de construcción. La pregunta es por qué, con la evidencia disponible, seguimos improvisando.
La preparación realista no exige milagros. Exige que los códigos de construcción se apliquen antes del desastre, que los conteos de víctimas sean auditables, que las alertas de tsunami se calibren con la precisión que la ciencia permite y que la evacuación de 1,6 millones de personas sea un procedimiento ensayado, no una improvisación heroica. La solidaridad, como el concierto 'Colombia: Voces por la Vida' del 23 de agosto 4, es necesaria pero no suficiente: no reconstruye códigos ni corrige inventarios.
La decisión que importa es la que tomará cada país en los próximos meses: invertir en preparación cuando la emergencia ya no está en los titulares, o esperar al próximo sismo. La tierra no olvida; los gobiernos sí.
