La semana que termina no nos ha traído un desastre, sino varios, y eso es precisamente lo que debería inquietarnos. No porque hayan ocurrido —los terremotos, tormentas e incendios son fenómenos previsibles—, sino porque en cada uno de ellos se repite un patrón que no es geológico ni meteorológico: es político y de infraestructura.
El 17 de julio, un sismo de magnitud 7.4 sacudió la frontera entre México y Guatemala 1. Sin víctimas fatales reportadas, el evento podría leerse como un éxito de preparación. Pero esa lectura sería incompleta. El mismo día, en Chongqing, un deslizamiento de tierra provocado por lluvias intensas sepultó más de diez edificios residenciales, dejando al menos 8 muertos y 34 desaparecidos 3. La diferencia no está en la fuerza de la naturaleza, sino en la calidad de la construcción y la planificación urbana. En un caso, el suelo resistió; en el otro, cedió.
La ciencia de pronósticos tiene límites claros. El sismo de 5.1 en Perú, ocurrido la noche del 18 de julio, fue reportado con magnitudes distintas por el Instituto Geofísico del Perú y el USGS 9. Esa discrepancia no es un error menor: afecta la respuesta de emergencia y la confianza pública. Mientras tanto, en Chile, un sistema frontal que las autoridades describieron como "uno de los más significativos en años" dejó cuatro muertos y alertas en diez regiones 6. La pregunta no es si se sabía que la tormenta llegaría —sí se sabía—, sino si la infraestructura de drenaje, viviendas de riesgo y rutas de evacuación estaban a la altura.
La respuesta institucional muestra fallas de gobernanza que cruzan fronteras. En Guyana, un ferry de 89 años, el MV Barima, zozobró con 133 personas a bordo; 53 fueron rescatadas, pero el número de desaparecidos sigue sin confirmarse 10. Operar una embarcación de esa edad sin planes de contingencia sólidos no es un accidente: es una decisión administrativa. En Venezuela, más de tres semanas después de los terremotos del 24 de junio, la ayuda internacional sigue llegando, pero el conteo oficial de 5,069 muertos y 16,740 heridos 2 revela una capacidad de respuesta interna quebrada.
En España, un incendio en Guadalajara ha quemado hasta 13,000 hectáreas y forzado la evacuación de 16 municipios 4. En Alicante, un catamarán de buceo se hundió y once personas fueron rescatadas gracias a que el servicio de prevención local tenía una embarcación desplegada en la isla como parte de un retén especial 5. Ese contraste —entre una emergencia gestionada con recursos disponibles y otra donde el fuego avanza sin control— es la radiografía de la preparación real: depende de decisiones presupuestarias locales, no de declaraciones de emergencia nacional.
La exposición es cuantificable y alarmante. En Argentina y Chile, 580 camiones permanecen varados en Uspallata por el cierre del Paso Cristo Redentor, que lleva cinco días bloqueado por nieve 12. No es un problema meteorológico; es un cuello de botella logístico que se repite cada invierno. En la Ciudad de México, un hombre que ingresó a las vías del Metro paralizó la Línea B 11, recordando que la infraestructura crítica es tan vulnerable a fallas humanas como a fenómenos naturales.
El cierre de esta columna no es una advertencia apocalíptica. Es una constatación: los desastres de esta semana no fueron sorpresas. Fueron eventos anunciados por la ciencia, ignorados por la planificación y gestionados con recursos insuficientes. La pregunta que queda para el lector no es si vendrá el próximo terremoto o la próxima tormenta, sino si las decisiones que se tomen hoy —sobre códigos de construcción, mantenimiento de flotas, alertas tempranas y fondos de emergencia— estarán a la altura cuando lleguen.