El terremoto en Venezuela no mató a 4.734 personas. Las mató un Estado que durante años ignoró los códigos de construcción, la planificación urbana y los sistemas de alerta. El sismo fue el detonante; la vulnerabilidad fue la causa. Y esa distinción —entre el peligro natural y la fragilidad construida— es la única lente que permite leer los desastres de esta semana sin caer en el fatalismo o la compasión vacía.
Mientras la comunidad internacional promete más de 300 millones de dólares en ayuda a Venezuela y Washington evalúa asumir un rol administrativo temporal para la reconstrucción 1, el país sigue sin responder la pregunta central: ¿qué se va a reconstruir exactamente? Porque si se levantan los mismos edificios, con las mismas normas y la misma falta de supervisión, el próximo sismo —que llegará— producirá la misma cifra de muertos. La ayuda humanitaria, los conciertos benéficos y los equipos médicos son urgentes 310, pero no resuelven el problema de fondo: la exposición.
Esa exposición no es solo venezolana. En Texas, 59 condados están bajo declaración de desastre por lluvias que podrían alcanzar 76 centímetros 9. No es un fenómeno nuevo: la llanura costera del Golfo siempre ha recibido tormentas. Lo que ha cambiado es la densidad de población en zonas inundables y la infraestructura de drenaje, diseñada para un clima que ya no existe. El gobernador Abbott declaró la emergencia, pero la pregunta es si el estado tiene capacidad para rediseñar su sistema hídrico antes de la próxima tormenta.
En España, la semana ha sido igualmente reveladora. Un incendio en las Cinco Villas de Zaragoza ha forzado la evacuación de cuatro pueblos y ha quemado más de 200 hectáreas, activando la Unidad Militar de Emergencias 7. El fuego no empezó solo: comenzó cerca de Orés el 15 de julio, en plena sequía acumulada. La pregunta no es si habrá más incendios, sino si los planes de ordenación territorial han reducido la interfaz urbano-forestal o la han aumentado.