Dos columnas que se pandean en un rascacielos de Manhattan, tres mil seiscientos ochenta y cinco cuerpos bajo los escombros en Venezuela, un avión de veintisiete años que se desvanece sobre el mar de Karachi. No hay un patrón único que explique estos hechos, pero sí un hilo común: la distancia entre lo que asumimos como seguro y lo que realmente resiste. Esta semana, ese espacio se ha vuelto imposible de ignorar.
En Midtown, un edificio de 38 pisos que fue sede de Pfizer se está convirtiendo en 1,600 apartamentos —y en el proceso, dos columnas estructurales fallaron en los pisos 21 y 22, haciendo que los niveles superiores se hundieran y llovieran ladrillos a la calle 1. No hubo heridos, pero la evacuación de una escuela con 400 niños 5 recuerda que la línea entre un incidente controlado y una catástrofe es delgada. La conversión de oficinas en viviendas, una tendencia que promete aliviar la crisis habitacional, revela aquí su talón de Aquiles: nadie sabe bien qué tan sólido es lo que se está reutilizando.
Mientras tanto, Venezuela no tiene lujo de preguntarse por la seguridad de sus estructuras: ya colapsaron. El doble terremoto del 24 de junio ha dejado 3,685 muertos, 16,740 heridos y casi 18,000 desplazados 3. La ayuda estadounidense supera los 310 millones de dólares 2, y la presidenta encargada Delcy Rodríguez ha pedido asistencia técnica a Japón, Perú y Chile para evaluar edificios 10. Pero los economistas urgen el fin de las sanciones 3, y la cifra de españoles fallecidos asciende a 38 12. La respuesta internacional es masiva, pero la reconstrucción no empieza con dinero: empieza con saber qué se sostiene y qué no.