La muerte de Bunny Levine a los 97 años, mientras dormía en su casa de Tarzana, no fue portada en ningún gran diario 4. Fue una esquela breve, una actriz de reparto que aparecía en los márgenes de 'La La Land' y 'Gilmore Girls'. Pero su ausencia deja una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando el archivo cultural se construye solo con los nombres que ocupan el centro del encuadre? Levine trabajó durante décadas en la periferia de la industria, en esos papeles que sostienen la escena sin reclamar el foco. Su muerte es un recordatorio de que la memoria colectiva es siempre una selección, y que esa selección suele privilegiar el gesto grandioso sobre el trabajo silencioso.
Esa misma tensión entre el centro y el margen atraviesa hoy la cultura popular. Las batallas de farmear aura, que han saltado de TikTok a las plazas de México, Argentina y Brasil, son un intento de los jóvenes por construir un archivo propio, con sus propias reglas de valor 112. El aura —ese carisma que se demuestra con poses, bailes y referencias a memes— es una moneda de cambio en una economía donde la atención es el bien más escaso. Pero lo que parece un juego superficial es, en realidad, una disputa por quién tiene derecho a definir qué es valioso. Los premios en efectivo y las convocatorias masivas no son solo entretenimiento: son la formalización de un sistema de estatus que existe al margen de las instituciones tradicionales.
La pregunta por la pertenencia también atraviesa la música. Bad Bunny cerró su gira en Puerto Rico con un concierto que fue, a la vez, celebración y denuncia: gentrificación, corrupción, servicios básicos 3. No es nostalgia; es la afirmación de que la identidad no es un archivo estático, sino un territorio en disputa. Algo similar ocurre con el regreso de Enanitos Verdes, que ahora incorpora a los hijos de sus fundadores fallecidos 10. La banda se reconstruye sobre una herencia literal, pero también sobre una pregunta: ¿qué se hereda cuando se hereda un nombre? ¿La memoria, el estilo, o solo la obligación de continuar?
La historia más amplia confirma que esta disputa por el archivo no es nueva. La decisión de Países Bajos de boicotear Eurovisión 2027 por la participación de Israel 2 es un intento de intervenir en el relato del evento, de negar su pretensión de neutralidad. Y la novela de Rachel Cusk, 'Life of M', ha generado un incendio literario porque sus lectores ven en su protagonista un retrato de Natalie Portman 5 —una acusación de que la ficción puede ser un arma de humillación calculada. Incluso la moda litúrgica de Filippo Sorcinelli, que ha vestido a tres papas 9, y el concierto benéfico de Dudamel para Venezuela 7, que reunió a casi 17.000 personas, son gestos que intentan fijar un significado en un mundo que se resiste a la fijación.
Pero quizás el ejemplo más perturbador sea la tendencia viral que convirtió al Gato con Sombrero en una figura de terror, con videos generados por IA que han provocado miedo real entre adolescentes y han obligado a la policía de Irlanda y el Reino Unido a confirmar que son falsos 11. Aquí el archivo ya no es solo selectivo: es fabricado. La memoria se convierte en un simulacro que no necesita referente.
La decisión que importa no es si participamos en estas batallas o las boicoteamos. Es reconocer que toda memoria es una construcción, y que quienes controlan el archivo controlan el futuro. La pregunta que queda abierta es si seremos capaces de recordar lo que no está en el encuadre, o si aceptaremos que el aura, como la ficción, es solo otra forma de olvido.
