El jueves de esta semana dejó una imagen contradictoria de la economía global: mientras la Reserva Federal promete enterrar la inflación y el Banco de Japón ve cómo sus bonos tocan máximos de tres décadas, Volkswagen confirma que necesita eliminar hasta 100.000 puestos de trabajo 2 y el absentismo laboral le cuesta a España 59.000 millones de euros, casi el doble que antes de la pandemia 7. La paradoja es que los mercados laborales de las economías avanzadas muestran tasas de desempleo históricamente bajas, pero las empresas no logran traducir esa tensión en productividad ni en contención de costes. Algo se ha roto en la transmisión entre el trabajo y el valor.
Los ganadores de esta disonancia son, por un lado, los trabajadores que conservan empleos estables en sectores protegidos —y que ejercen un poder de negociación inédito— y, por otro, los accionistas de las empresas que logran reestructurarse sin pasar por los tribunales. Volkswagen es un caso ejemplar: su consejo rechaza el cierre de plantas en Alemania, pero acepta un recorte de plantilla que duplica lo anunciado 4. Es un pacto implícito: se salvan las fábricas, se sacrifican los puestos. Los perdedores son los trabajadores temporales, los de menor cualificación y los que dependen de empresas atrapadas entre la presión salarial y la inversión en inteligencia artificial.
Las instituciones explican esta paradoja. La Fed de Warsh promete disciplina monetaria 9, pero la economía real ya no responde solo a los tipos de interés. La inversión en IA supera los 700.000 millones de dólares 3, y eso genera inflación en electrónica y tensiones en las redes eléctricas, no en los salarios medios. El Banco Central Europeo, mientras tanto, avanza con el euro digital y selecciona a 36 proveedores para una prueba en 2027 5, un movimiento que busca preservar la soberanía monetaria frente a la tokenización privada, pero que no resuelve la pregunta de cómo se financia la transición energética y digital de una Europa que envejece.